sábado, 23 de diciembre de 2017

Aforismos de Adviento y Navidad y alguno cósmico


El hielo y la leña que arde, ambos, crujen parecido.


El campo nevado es como el saco de boxeo de los sonidos.


La copa de un árbol, esa explosión descontrolada en slow motion.


El sonido al pisar la nieve: tras la blanda cremosidad inicial, ese final, como de rechinar de dientes.


Días de Adviento. En medio del frío del campo, los ladridos lejanos de los perros huelen un poco a chimenea.


Hoy mismo, 23 de Diciembre, durante un paseo por el campo, se ha cruzado en mi camino una onda sinusoidal perfecta. Iba muy rápida, exacta, feliz. Una ardilla.


Nunca es tan fácil rezar como en Navidad. Basta con sentarse frente al Portal y mirar.


Muy Feliz y Santa Navidad.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Back to basics


En 1933, el jovencísimo británico Patrick Leigh inicia un viaje a pie atravesando toda Europa, desde Holanda hasta Estambul, en un viaje que emula a ese Grand Tour tan famoso entre los ingleses de épocas pretéritas. Al cruzar la Alemania de entreguerras, experimenta sensaciones encontradas, pues ya se siente la amenaza nazi, junto con cierta agresividad en el ambiente.
Sin embargo, al pasar por Bingen, se encuentra de pronto como en otro planeta. Toda una vuelta a lo más básico y fundamental. Este pasaje es el que termina dando título a su libro, que publicó más de 40 años después.
Recomiendo una lectura pausada de estas líneas. Cada frase, casi cada palabra, tiene una fuerza tan básica, tan primigenia, que resulta incontenible. La escena resulta tan natural, tan sencilla, tan simple, que se escapa un poco del ámbito de nuestra experiencia, nos pilla como fuera de contexto. He empezado a resaltar en negrita cosas que en su sencillez me impactaban, y todo ha terminado en negrita. En negrita lo dejo todo.
Uno agradece que una pequeña joya así, tan delicada, haya pasado a la posteridad entre los sencillos paños de un libro.
Hasta te ataca la fantasía de conseguir un riesling de Rüdesheim para beberlo mientras saboreas la estampa.
Recomiendo pues, seguir al autor, entrar en la escena, imaginarse ahí en medio, entre "las guapas hijas del hostelero", ayudando un poco, observándolo todo, y sintiendo también esa torpeza un poco ortopédica del visitante, tan asombrado ante tanta naturalidad, que le fallan los reflejos.
Y cómo le honra contarlo todo.

"(...) y tras detenerme varias veces a lo largo de la carretera, llegué a Bingen cuando oscurecía. Entré en una pequeña Gasthof y me desprendí de la mochila. Era el único cliente. Las guapas hijas del hostelero, de edades comprendidas entre tres y quince años, estaban subidas en sillas y ayudaban a su padre a decorar un árbol navideño: colgaban bolas, tendían oropel, fijaban velas en las ramas y una espléndida estrella en la punta. Solicitaron mi ayuda, y cuando casi habíamos terminado, el padre, un hombre alto y que parecía muy considerado, descorchó una delgada botella de vino procedente del viñedo Rüdesheim, al otro lado del río. Bebimos juntos y casi habíamos apurado una segunda botella cuando dimos los últimos toques al árbol navideño. Entonces la familia lo rodeó y se pusieron a cantar. La única luz era la de las velas, y los semblantes de las niñas iluminados por las pequeñas llamas, así como sus hermosas y claras voces, convirtieron en memorable la solemne y encantadora ceremonia. No dejó de sorprenderme que no cantaran Stille Nacht, que con tanta frecuencia había oído en los últimos días, pero esa canción es un himno luterano, y creo que los habitantes de aquella ribera del Rin eran mayoritariamente católicos. Dos de los villancicos que cantaron han permanecido en mi memoria: O Du Heilige («Oh tú santo») y Es ist ein Ros entsprungen («Ha brotado una rosa»): ambos eran fascinantes, sobre todo el segundo, el cual, según me dijeron, era muy antiguo. Finalmente fui con ellos a la iglesia y pasé la noche en vela. En plena noche, cuando todos los habitantes de Bingen intercambiaban felicitaciones ante la iglesia, se puso a nevar pausadamente. A la mañana siguiente los miembros de la familia se abrazaron, se estrecharon las manos y se desearon unos a otros una feliz Navidad. La más pequeña de las hijas me dio una mandarina y un paquete de cigarrillos en una bella envoltura de papel de plata y oropel. Me hubiera gustado tener algo con que obsequiarle, bien empaquetado, la cinta decorada con un dibujo de acebo. Luego pensé en mi plumier de aluminio, que contenía un lápiz Venus o un Royal Sovereign nuevos y envueltos en papel cebolla, pero ya era demasiado tarde. El tiempo de los regalos."


El tiempo de los regalos
Patrick Leigh Fermor

lunes, 18 de diciembre de 2017

Días dorados


Estos días últimos del año, tan cortos, cuando la tierra se asoma a su propio abismo, son también días de una luz enigmática, misteriosa, con una tangencia sostenida durante la tarde, con una oblicuidad antinatural en esos rayos luminosos.
La luz nos visita con un color irreproducible, como de pan de oro, como, no sé, de caramelo. La tarde adquiere el color de las galletas María Dorada.
Eso. Estos últimos minutos de estos momentos finales del año son los minutos de oro. Minutos con una atmósfera de ámbar. Las fachadas de los edificios, las escaleras, las marquesinas y los puentes, las paredes de las montañas, los árboles y las hojas, todo es cubierto por un filtro extraño que todo lo viste de miel, entregando una pátina de amable antigüedad, de sereno fluir.
Sí, es como si todo lo miráramos con un filtro polarizado.
Averiguando un poco más, damos con este hecho: Ante la explosiva irradiación de cantidades inmensas de luz en el Portal de Belén, estos días, el sol se tiene que poner sus gafas de sol.