Este rincón se abre unos breves días, todos los años, en Adviento, con unas reflexiones durante la espera. Cósmicas por aquello de lo desproporcionado, de lo audaz hecho con mimbres de baratillo, con esa connotación peyorativa de “me vino con un planteamiento cósmico”, “me dijo algo sideral”, y así. Cósmicas también porque la Navidad es un acontecimiento trascendental en la historia del hombre y del Cosmos, y porque el Adviento empieza siempre tras la fiesta de Cristo Rey del Universo.
lunes, 18 de diciembre de 2017
Días dorados
Estos días últimos del año, tan cortos, cuando la tierra se asoma a su propio abismo, son también días de una luz enigmática, misteriosa, con una tangencia sostenida durante la tarde, con una oblicuidad antinatural en esos rayos luminosos.
La luz nos visita con un color irreproducible, como de pan de oro, como, no sé, de caramelo. La tarde adquiere el color de las galletas María Dorada.
Eso. Estos últimos minutos de estos momentos finales del año son los minutos de oro. Minutos con una atmósfera de ámbar. Las fachadas de los edificios, las escaleras, las marquesinas y los puentes, las paredes de las montañas, los árboles y las hojas, todo es cubierto por un filtro extraño que todo lo viste de miel, entregando una pátina de amable antigüedad, de sereno fluir.
Sí, es como si todo lo miráramos con un filtro polarizado.
Averiguando un poco más, damos con este hecho: Ante la explosiva irradiación de cantidades inmensas de luz en el Portal de Belén, estos días, el sol se tiene que poner sus gafas de sol.
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