viernes, 23 de diciembre de 2016

Soledad


La soledad, la intemperie del Portal es una llamada, un recordatorio, un aviso a navegantes, pero sobre todo es una bendita compañía
y consuelo
y descanso
y confirmación
de cada pobre hombre
navegante
solitario
perdido
aturdido
agotado.

Esto no hay que olvidarlo nunca.

Muy Feliz y Santa Navidad.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Haikus del Portal

De porcelana,
bambú, ébano, marfil
de Carne Niño.



Senda nevada.
Delicada tersura.
El tiempo, quieto.



Coro: La madre,
la canción angelical.
Y baila el padre.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Advent for dummies

El Principito es un librito que tiene muchos defensores, y también bastantes detractores. No es la octava maravilla, pero siempre me ha parecido un libro que explica muy bien ciertos mecanismos abstractos.
Por ejemplo, aparece esto sobre la responsabilidad.


"Si yo ordenara – decía habitualmente (el rey) - si yo ordenara a un general convertirse en ave marina, y si el general no obedeciera, no sería la culpa del general. Sería mi culpa."


Y esto, muy hermoso, sobre la espera. Casi hasta parece una demostración minuciosa, matemática, la del zorro. Y es a la vez un canto a muchas cosas, a la amistad, a la costumbre.
A la Liturgia.


“Pero el zorro volvió a su idea:
- Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen, y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá lejos, los campos de trigo ? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y eso es triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. ¡Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo...
El zorro se calló y miró largamente al principito:
- Por favor... ¡domestícame! – dijo.
- Me parece bien – respondió el principito -, pero no tengo mucho tiempo. Tengo que encontrar amigos y conocer muchas cosas.
- Sólo se conoce lo que uno domestica – dijo el zorro. – Los hombres ya no tienen más tiempo de conocer nada. Compran cosas ya hechas a los comerciantes. Pero como no existen comerciantes de amigos, los hombres no tienen más amigos. Si quieres un amigo, ¡domestícame!
- Qué hay que hacer ? – dijo el principito.
- Hay que ser muy paciente – respondió el zorro. – Te sentarás al principio más bien lejos de mí, así, en la hierba. Yo te miraré de reojo y no dirás nada. El lenguaje es fuente de malentendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
Al día siguiente el principito regresó.
- Hubiese sido mejor regresar a la misma hora – dijo el zorro. – Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, ya desde las tres comenzaré a estar feliz. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. Al llegar las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes en cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Es bueno que haya ritos.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Evocando

Cosas que me recuerdan a la Encarnación.

En algunas películas, el paso súbito de la velocidad normal al slow motion.
El traveling y las escenas complicadas en un solo plano, como si todo se tratara de la mirada de un ángel.
Los bodegones, y su indefinible luz, casi carne, impactando en la rotundidad de la materia y sus formas. Y el escorzo como de mundo, como de planeta en su rotación hacia el amanecer, que siempre ofrecen las jarras y los cántaros en esos retratos.
La tranquila presencia de las casas elegantes casi en ruinas, retratadas en nítidas, casi notariales fotografías.
El sic transit gloria mundi de los lugares abandonados y la elegía que cantan, a la vez que emiten un extraño, enigmático mensaje sobre el mundo físico.
El hierro colado, fluido, radiante, en una fundición, como un corazón líquido vivo.

Y las delicadas flores que crecen en las grietas, en las ruinas de todos los imperios.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Allí

"(...)
23 de diciembre
(...)
A las tres de la tarde vienen como treinta niños y niñas al catecismo. Pasamos una hora deliciosa. A las cuatro salen estos y vienen otros tantos, ya mayores. Otra hora. Tenemos catecismo, cantos, cuentos, más catecismo, historias de la biblia y así.
A las cinco bien corridas me quedo solo y hago la cena, que suele consistir en pescado, del que aquí tenemos en abundancia, una lata de maíz o guisantes, pan, queso y varias tazas de té. 
(...)
A las siete y media empiezan a llegar los cantores. Tenemos bien ensayados todos los villancicos que vamos a cantar por Navidad: Adeste Fideles, en latín y todo, y los demás, unos en inglés y otros en eskimal.
(...)
Para mí las Navidades en Alaska son noches interrumpidas por unas horas de luz casi crepuscular con mucha nieve, mucho frío y unas estrellas que parecen ascuas. Muchas confesiones, villancicos, viajes rápidos en trineo, tiritando. Tarjetas navideñas con limosnas para la misión. Turrón que llega tarde para la Nochebuena; pero que llega invariablemente. Muchos dulces para los niños eskimales. El diminuto portal de Belén. Meditación casi diaria de las lecciones de ese portal. Sermones sobre esas lecciones. Y cubriéndolo todo un baño de gozo espiritual que no se conoce si no se siente; porque viene directamente de Dios, que da lo que quiere, cuando quiere y a quien Él quiere."

Del maravilloso libro Cuarenta años en el Círculo Polar, del padre jesuita Segundo Llorente, que fue misionero en Alaska entre 1935 y 1975.

Y ese frío, esos viajes rápidos en trineo, ese turrón que llega tarde, pero sobre todo ese baño de gozo espiritual que lo cubre todo, se sienten como si fueran hoy, como si siempre hubiésemos estado allí, a orillas del Yukon, en Kwiguk, en Akulurak, en plena Navidad.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Cosmic Playground II


Para ver bien las estrellas, busca un lugar en pleno campo, alejado de las grandes ciudades. Por ejemplo, en Starlight te informan de los mejores sitios. Uno de ellos está en Orense, en A Veiga. Pero valen muchos otros. El mejor cielo que he visto en mi vida está en Palencia, en una llanura a escasos kilómetros de Baltanás.
Acude, mejor, en una noche de luna nueva. Extiende una manta de viaje en el terreno. Ve bien abrigado, hace frío incluso en verano. Túmbate mirando al cielo. Asegúrate de que tu vista abarca cielo y sólo cielo. Ningún árbol, ni edificio ni montaña.
Haz este sencillo ejercicio. Cierra los ojos durante un par de minutos. Abstráete de todo. De la gravedad. Del peso de tus miembros.
Ya no hay arriba y abajo. Es más, prueba la inversión. Sigue con los ojos cerrados. Siente que tu espalda está colgando de un techo. Estás colgando gracias a un arnés invisible, y tus manos parece que caen y se separan del terreno-techo del que cuelgas, y tus mejillas están flácidas, y tienden a desparramarse sobre el campo de estrellas. Mantente así un par de minutos.
De pronto, abre los ojos.
¿Qué ves?
Ves eso. Está ahí mismo. Nada de arriba (si acaso, abajo). El Universo está ahí. Enfrente. Frente a ti, que ruedas por la noche de los tiempos en una roca minúscula.
Parece una alucinación. El campo de tu visión está infestado, rebosante, de oros, platas y diamantes. Nubes lechosas de polvo cósmico aportan un poco de exotismo en regiones incógnitas. La noche parece blanca con puntitos negros.
Es un derroche sideral. Y te acuerdas de ese párrafo pequeño, cotidiano, briznoso pero sidéreo, de Jiménez Lozano en Los cuadernos de letra pequeña, una delicia como pocas.

"Las zarzas silvestres de junto al río están ya totalmente rojas, y, cuando las da el sol bajo y son vistas entre los pinos, parece realmente que entre ellos hay unas brasas; porque, además, las nubes en las que el sol va a ocultarse en su caída proyectan también una luz rojiza. En los verdes no se nota, pero a las zonas de tierra desnuda, o a la arena, las tiñe de un suave color rosado. Estoy solo, y todo el hermosísimo espectáculo es para mí; pero también se desarrollaría igual si no hubiera nadie. Es un derroche realmente. Proseguirá cuando el hombre no esté ya sobre la tierra."

Más derroche.
Y por ejemplo, otra explicación tan amateur y gratuita como la del año pasado, pero qué diantre, casi hasta me gusta más.
Estamos acostumbrados a un universo racional, pleno de leyes por necesidad, y de logos y determinismos, sí, y de hecho es lo que nos da confianza, lo que nos otorga repetibilidad en este mundo que tenemos el encargo de trabajar. Pero reducirlo todo así es una idea un poco, no sé, como de pelucón de la Ilustración, un tanto rigi, ortopédica.
Al fin y al cabo, ese cielo enfrente de ti se parece demasiado a una copa de champagne, con esas chispeantes estrellas que burbujean en la gigantesca cuenca en la que parece que vas a caer.
¿Y qué es entonces, todo eso? ¿Para qué sirve?
Pues para nada.
Y para todo.
Es el derroche, la esplendidez, una celebración de la Gloria, de un Dios demasiado perfecto como para no firmar exultante, con una rúbrica florida, con una firma como las que se hacen cuando uno está contento de verdad, por ejemplo cuando firma un cuadro o las notas de su hijo pequeño, con una mezcla de alegría y orgullo, y un punto de dejarse llevar, y entonces uno se pone algo barroco, y hace un gesto gratuito.
Gratuito. No todo tiene que ser por necesidad. ¿Quién lo ha dicho?
Entonces ese cosmos inmenso, burbujeante, sería el magnífico gesto espléndido, el impulso de una propina final, el cósmico derroche firmado del Padre pródigo.