En 1933, el jovencísimo británico Patrick Leigh inicia un viaje a pie atravesando toda Europa, desde Holanda hasta Estambul, en un viaje que emula a ese Grand Tour tan famoso entre los ingleses de épocas pretéritas. Al cruzar la Alemania de entreguerras, experimenta sensaciones encontradas, pues ya se siente la amenaza nazi, junto con cierta agresividad en el ambiente.
Sin embargo, al pasar por Bingen, se encuentra de pronto como en otro planeta. Toda una vuelta a lo más básico y fundamental. Este pasaje es el que termina dando título a su libro, que publicó más de 40 años después.
Recomiendo una lectura pausada de estas líneas. Cada frase, casi cada palabra, tiene una fuerza tan básica, tan primigenia, que resulta incontenible. La escena resulta tan natural, tan sencilla, tan simple, que se escapa un poco del ámbito de nuestra experiencia, nos pilla como fuera de contexto. He empezado a resaltar en negrita cosas que en su sencillez me impactaban, y todo ha terminado en negrita. En negrita lo dejo todo.
Uno agradece que una pequeña joya así, tan delicada, haya pasado a la posteridad entre los sencillos paños de un libro.
Hasta te ataca la fantasía de conseguir un riesling de Rüdesheim para beberlo mientras saboreas la estampa.
Recomiendo pues, seguir al autor, entrar en la escena, imaginarse ahí en medio, entre "las guapas hijas del hostelero", ayudando un poco, observándolo todo, y sintiendo también esa torpeza un poco ortopédica del visitante, tan asombrado ante tanta naturalidad, que le fallan los reflejos.
Y cómo le honra contarlo todo.
"(...) y tras detenerme
varias veces a lo largo de la carretera,
llegué a Bingen cuando oscurecía.
Entré en una pequeña Gasthof y me
desprendí de la mochila. Era el único
cliente. Las guapas hijas del hostelero,
de edades comprendidas entre tres y
quince años, estaban subidas en sillas y
ayudaban a su padre a decorar un árbol
navideño: colgaban bolas, tendían
oropel, fijaban velas en las ramas y una
espléndida estrella en la punta.
Solicitaron mi ayuda, y cuando casi
habíamos terminado, el padre, un
hombre alto y que parecía muy
considerado, descorchó una delgada
botella de vino procedente del viñedo
Rüdesheim, al otro lado del río.
Bebimos juntos y casi habíamos apurado
una segunda botella cuando dimos los
últimos toques al árbol navideño.
Entonces la familia lo rodeó y se
pusieron a cantar. La única luz era la de
las velas, y los semblantes de las niñas
iluminados por las pequeñas llamas, así
como sus hermosas y claras voces,
convirtieron en memorable la solemne y
encantadora ceremonia. No dejó de
sorprenderme que no cantaran Stille
Nacht, que con tanta frecuencia había
oído en los últimos días, pero esa
canción es un himno luterano, y creo que
los habitantes de aquella ribera del Rin
eran mayoritariamente católicos. Dos de
los villancicos que cantaron han
permanecido en mi memoria: O Du
Heilige («Oh tú santo») y Es ist ein Ros
entsprungen («Ha brotado una rosa»):
ambos eran fascinantes, sobre todo el
segundo, el cual, según me dijeron, era
muy antiguo. Finalmente fui con ellos a
la iglesia y pasé la noche en vela. En
plena noche, cuando todos los habitantes
de Bingen intercambiaban felicitaciones
ante la iglesia, se puso a nevar
pausadamente. A la mañana siguiente los
miembros de la familia se abrazaron, se
estrecharon las manos y se desearon
unos a otros una feliz Navidad. La más
pequeña de las hijas me dio una
mandarina y un paquete de cigarrillos en
una bella envoltura de papel de plata y
oropel. Me hubiera gustado tener algo
con que obsequiarle, bien empaquetado,
la cinta decorada con un dibujo de
acebo. Luego pensé en mi plumier de
aluminio, que contenía un lápiz Venus o
un Royal Sovereign nuevos y envueltos
en papel cebolla, pero ya era demasiado
tarde. El tiempo de los regalos."
El tiempo de los regalos
Patrick Leigh Fermor