miércoles, 24 de diciembre de 2014

Gran misterio




O Magnum Mysterium.

Aquí, la adaptación de Lauridsen, con el Nordic Chamber Choir.

O magnum mysterium,
et admirabile sacramentum,
ut animalia viderent Dominum natum,
jacentem in praesepio!
Beata Virgo, cujus viscera
meruerunt portare
Dominum Christum.
Alleluia.


¡Oh gran misterio,
y maravilloso sacramento,
que los animales deben ver al recién nacido Señor,
acostado en un pesebre!
Bienaventurada la Virgen, cuyo vientre
fue digno de llevar
a Cristo el Señor.
Aleluya.


La misma música lleva a la contemplación del magno misterio.

Muy Feliz y Santa Navidad.

martes, 23 de diciembre de 2014

Haikus de los Reyes Magos




Cierre del año:
Redactar el Balance
para los Reyes.


Niño en la cola
esperando a pedir
lo que ellos saben.


Ese ese eme eme:
Me porté bien. Os pido
Sol con su Cielo.


Tras el portal
tres reyes en camello
aún tan lejos.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Mensajería




La trascendencia del mensaje ultrapasa, se adelanta al mensajero y mas allá, hasta el punto de transfigurarlo ante sus inminentes testigos.
Ay el mensaje cuando es malo. De hecho, la ironía ha inventado una broma de conjuración, basada, ay, en la triste historia: "Matemos al mensajero"... pues en el fondo se reconoce que no tiene ni arte ni parte.
En cambio, el embajador de la Buena Nueva queda transfigurado con el mensaje que porta. El mensaje lo mejora, lo convierte en una versión de mensajero mejorada. Una especie de mensajero "2 punto cero". Un mensajero convertido, ya no anónimo, sino con dignidad especial. Es un super-mensajero, porque porta la noticia de la Eternidad. Y el infinito opera como solo cabe esperar:
Infinito por donnadie igual a super-embajador.
Iluminado, irradiado, renovado, recreado. La radiación de fondo procedente del Portal le cambia al mensajero hasta las uñas de los pies.
Y entonces "qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero"

domingo, 21 de diciembre de 2014

Gruta o Portal



Puede que ambas cosas. Una cueva como estructura primordial a la que los hombres del pueblo fueron poniendo, con el tiempo, unas tablas, algunos estantes, un piso superior para la paja, unos portones para el frío invierno.
Es decir, ni covacha ni casita en el campo. Algo a medio camino.
Entonces esa cueva primordial tendría algo de primigenio, de boca abierta en el seno de la tierra.
Una boca abierta siempre está esperando. Por definición, es un hueco provisional, hasta que sea ocupado. 
Pero entonces esa boca ya no es ni boca, son fauces a la espera. Son fauces que claman. Igual que las fauces de los justos cuyos clamores ascienden al Padre en el Antiguo Testamento.
En los Salmos.
Oh, esa cueva originaria canta un Salmo. Sus fauces claman, elevan un grito despavorido, y podría hasta confundirse con esas fauces vociferantes de hombre-mamífero animal reclamando espectáculo, sangre, fuego.
Pero estas fauces, este hueco, esperan y no esperan. Es una cueva-origen de los tiempos y del cosmos.
Esta cueva es el ombligo del mundo. Es lo único del cosmos que no se mira a sí mismo desde el principio. Por eso tiene la gloria de ser ombligo. Por eso y porque está en la coordenada primigenia. Por eso está vacía desde el principio pero también desde el principio de los tiempos ocupada por el misterio del Misterio.
Vacía -clamante Salmo- y ocupada por la Gloria. 
Esta cueva es cuántica, este ombligo aparece y desaparece.
Aun el hombre más vacío, más angustiado, en cuanto dirige un desgarrador clamor con sus fauces a lo Alto, está en ese momento habitado -anteocupado, ocupado desde siempre, acompañado desde antiguo, desde el origen- por la Misericordia. No está solo.
Esa oquedad-hombre está habitada por el Misterio.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Naturalidad





En el delicadísimo Autorretrato con radiador -qué lástima que sea tan breve- de Christian Bobin, esta joya:

Una lectura de los Evangelios, por poco que se haga con el detenimiento suficiente, despierta en esas palabras preocupadas del cielo una alabanza del cuerpo y de la vida frágil - el chapoteo de las aguas del lago Tiberíades, los peces que se preparan, el pan que se saca de los cestos, el vino que baila en el fondo de las copas, y en San Lucas, esa maravilla, una frase que nos hace ver y oír: "Arrancaban y comían espigas frotándolas en sus manos".

La clave está en la Encarnación. El Cielo baja a la carne, al cuerpo, y por ello mismo, el cuerpo sube de alguna manera al Cielo, ya es asumido por lo Alto. Por eso Ibáñez Langlois, en el Libro de la Pasión, puede decir:

() la mañana es silencio y gestos como soplar el fuego
gestos como repartir el pan y palabras simples como
traed el pescado a las brasas como venid y comed y 
eso es todo en el silencio de la mañana pascual 
qué diantres hay en el interior de este misterio glorioso
casi nada casi todo la inaudita naturalidad
con que se exhibe la gloria de Dios en el nuevo mundo 
los gestos cotidianos trascendidos de eternidad ()

Esa inaudita naturalidad con que se exhibe la Gloria empieza en la inaudita naturalidad de la Encarnación.
Otra osadía más en la singularidad del Misterio.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Peregrinaje



Remontando el riachuelo de papel albal, y aprovechando un remanso donde caía tranquilamente una cascada de espumillón, estando el resto en calma, se podía acceder a la orilla de madera de corcho, alfombrada de musgo. Cruzando el leve césped, se tomaba un camino de serrín que venia, serpenteando, desde el poster de Oriente, donde se hallaba fijada una anochecida en plena transición.
Atravesando el puente de tablas y palos de plástico, con sus vetas e incluso sus raídas cuerdas, se salvaba la graciosa, deliciosa curva que describía el río que se acababa de dejar. Un cisne de resina parecía asomar en ese preciso momento por debajo del puente.
Al otro extremo, se tomaba un sendero de pan rallado, que dibujaba unas simpáticas curvas según avanzaba, sorteando colinas de musgo, pequeños pastos donde pacían tranquilos bueyes de madera, alguna casucha donde se hacían en el fuego lento de porexpan las deliciosas castañas de goma, una cerca de cartón piedra y alguna que otra roca de corcho.
Conforme se avanzaba, las figuras mejoraban. La resina daba paso al yeso y a las telas, el porte era más digno, las posturas más gráciles y elegantes, y las caras eran más humildes y mas alegres.
La senda desembocaba en una especie de plazuela de albero, adonde llegaban otras sendas, algunas que venían desde el mismo poster pero por el otro lado de las montañas de corcho, y otras que partían desde el otro extremo, un incomprensible precipicio abrupto, en caída libre hasta el fondo del abismo, que era el suelo del salón.
Cruzando la plaza, y dominándola, se alzaba el portal, con sus vigas veteadas, sus revoques, sus briznas de pajuela, alguna oquedad simulando ruina, estantes con alfarería, celemines, cestillos, todo perfilado y cortado en el porexpan a base de hilo candente.
Una pequeña hoguera de led rojo intermitente daba un calor de indigencia invernal a través de los pequeños troncos-palitroques que conformaban el haz de leña.
Tras todo ese Adviento, dejado atrás en el polvoriento pero necesario y exultante caminar desde el papel albal del riachuelo, se llegaba, inexorable y gozosamente, hasta el portal.
Es decir, se dejaba todo ese cosmos burdo, bonito pero vulgar, lúdico pero mundano, de filigrana de bazar, con sus preciosos pasatiempos pero con aire de baratillo, para llegar al Misterio.
Dentro, siempre, siempre, la Navidad.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Turrón de Suchard



No sé si será el mejor turrón del mundo, o uno del montón. Creo que nunca lo sabré.
Pero tengo un recuerdo muy hermoso.
Debo tener unos cuatro o cinco años. Es Navidad. Afuera, hace frío, pero en casa hace un calor muy agradable.
Estoy en el comedor, solo. En mi triciclo, voy dando vueltas a la gran mesa, la pesada mesa oscura, que tiene alrededor esas sillas de madera y cuero tachonado de roblones. El triciclo avanza a veces pisando la preciosa alfombra de tonos rojos, ocres y negros, a veces sobre la madera.
Cada varias vueltas, tres o cuatro, me detengo en el gran armario, y con aire clandestino, abro el cajón que está más a la izquierda. Es un descubrimiento muy reciente. Dentro, la ama guarda el turrón de Suchard. Corto un trocito y me lo llevo a la boca. 
Es suculento. 
Echo una mirada al Nacimiento, que está justo a la altura de mi nariz. Con los años, el Belén se irá poniendo gradualmente más arriba. Pero ahora está a mi altura. 
Echo la mirada y regreso a mis vueltas.
Ahora, cada vez que como de ese turrón, indefectiblemente, me viene a la memoria ese aroma del interior del cajón, una mezcla de cedro y chocolate. Y esa textura entre apralinada y granular, ese sabor de ambrosía, me devuelve a la infancia, a esa casa, a ese comedor, a ese triciclo. Y a pesar de mi delincuencia infantil, o tal vez por ella, por esa delincuencia consciente pero inocente, de trampa perdonada de antemano, regreso a ese Nacimiento, a esa Navidad que observo a la altura de mi nariz llena de chocolate.
Pequeño satélite orbitando en triciclo alrededor del planeta Saturno-mesa, ocasionalmente invadiendo el cinturón de asteroides-alfombra.
Cometa enano caradura dando vueltas en órbita excéntrica en torno al chocolate.
Ah, pero qué mirada al Misterio en cada parada.