domingo, 21 de diciembre de 2014

Gruta o Portal



Puede que ambas cosas. Una cueva como estructura primordial a la que los hombres del pueblo fueron poniendo, con el tiempo, unas tablas, algunos estantes, un piso superior para la paja, unos portones para el frío invierno.
Es decir, ni covacha ni casita en el campo. Algo a medio camino.
Entonces esa cueva primordial tendría algo de primigenio, de boca abierta en el seno de la tierra.
Una boca abierta siempre está esperando. Por definición, es un hueco provisional, hasta que sea ocupado. 
Pero entonces esa boca ya no es ni boca, son fauces a la espera. Son fauces que claman. Igual que las fauces de los justos cuyos clamores ascienden al Padre en el Antiguo Testamento.
En los Salmos.
Oh, esa cueva originaria canta un Salmo. Sus fauces claman, elevan un grito despavorido, y podría hasta confundirse con esas fauces vociferantes de hombre-mamífero animal reclamando espectáculo, sangre, fuego.
Pero estas fauces, este hueco, esperan y no esperan. Es una cueva-origen de los tiempos y del cosmos.
Esta cueva es el ombligo del mundo. Es lo único del cosmos que no se mira a sí mismo desde el principio. Por eso tiene la gloria de ser ombligo. Por eso y porque está en la coordenada primigenia. Por eso está vacía desde el principio pero también desde el principio de los tiempos ocupada por el misterio del Misterio.
Vacía -clamante Salmo- y ocupada por la Gloria. 
Esta cueva es cuántica, este ombligo aparece y desaparece.
Aun el hombre más vacío, más angustiado, en cuanto dirige un desgarrador clamor con sus fauces a lo Alto, está en ese momento habitado -anteocupado, ocupado desde siempre, acompañado desde antiguo, desde el origen- por la Misericordia. No está solo.
Esa oquedad-hombre está habitada por el Misterio.

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