viernes, 19 de diciembre de 2014

Peregrinaje



Remontando el riachuelo de papel albal, y aprovechando un remanso donde caía tranquilamente una cascada de espumillón, estando el resto en calma, se podía acceder a la orilla de madera de corcho, alfombrada de musgo. Cruzando el leve césped, se tomaba un camino de serrín que venia, serpenteando, desde el poster de Oriente, donde se hallaba fijada una anochecida en plena transición.
Atravesando el puente de tablas y palos de plástico, con sus vetas e incluso sus raídas cuerdas, se salvaba la graciosa, deliciosa curva que describía el río que se acababa de dejar. Un cisne de resina parecía asomar en ese preciso momento por debajo del puente.
Al otro extremo, se tomaba un sendero de pan rallado, que dibujaba unas simpáticas curvas según avanzaba, sorteando colinas de musgo, pequeños pastos donde pacían tranquilos bueyes de madera, alguna casucha donde se hacían en el fuego lento de porexpan las deliciosas castañas de goma, una cerca de cartón piedra y alguna que otra roca de corcho.
Conforme se avanzaba, las figuras mejoraban. La resina daba paso al yeso y a las telas, el porte era más digno, las posturas más gráciles y elegantes, y las caras eran más humildes y mas alegres.
La senda desembocaba en una especie de plazuela de albero, adonde llegaban otras sendas, algunas que venían desde el mismo poster pero por el otro lado de las montañas de corcho, y otras que partían desde el otro extremo, un incomprensible precipicio abrupto, en caída libre hasta el fondo del abismo, que era el suelo del salón.
Cruzando la plaza, y dominándola, se alzaba el portal, con sus vigas veteadas, sus revoques, sus briznas de pajuela, alguna oquedad simulando ruina, estantes con alfarería, celemines, cestillos, todo perfilado y cortado en el porexpan a base de hilo candente.
Una pequeña hoguera de led rojo intermitente daba un calor de indigencia invernal a través de los pequeños troncos-palitroques que conformaban el haz de leña.
Tras todo ese Adviento, dejado atrás en el polvoriento pero necesario y exultante caminar desde el papel albal del riachuelo, se llegaba, inexorable y gozosamente, hasta el portal.
Es decir, se dejaba todo ese cosmos burdo, bonito pero vulgar, lúdico pero mundano, de filigrana de bazar, con sus preciosos pasatiempos pero con aire de baratillo, para llegar al Misterio.
Dentro, siempre, siempre, la Navidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario