jueves, 18 de diciembre de 2014

Turrón de Suchard



No sé si será el mejor turrón del mundo, o uno del montón. Creo que nunca lo sabré.
Pero tengo un recuerdo muy hermoso.
Debo tener unos cuatro o cinco años. Es Navidad. Afuera, hace frío, pero en casa hace un calor muy agradable.
Estoy en el comedor, solo. En mi triciclo, voy dando vueltas a la gran mesa, la pesada mesa oscura, que tiene alrededor esas sillas de madera y cuero tachonado de roblones. El triciclo avanza a veces pisando la preciosa alfombra de tonos rojos, ocres y negros, a veces sobre la madera.
Cada varias vueltas, tres o cuatro, me detengo en el gran armario, y con aire clandestino, abro el cajón que está más a la izquierda. Es un descubrimiento muy reciente. Dentro, la ama guarda el turrón de Suchard. Corto un trocito y me lo llevo a la boca. 
Es suculento. 
Echo una mirada al Nacimiento, que está justo a la altura de mi nariz. Con los años, el Belén se irá poniendo gradualmente más arriba. Pero ahora está a mi altura. 
Echo la mirada y regreso a mis vueltas.
Ahora, cada vez que como de ese turrón, indefectiblemente, me viene a la memoria ese aroma del interior del cajón, una mezcla de cedro y chocolate. Y esa textura entre apralinada y granular, ese sabor de ambrosía, me devuelve a la infancia, a esa casa, a ese comedor, a ese triciclo. Y a pesar de mi delincuencia infantil, o tal vez por ella, por esa delincuencia consciente pero inocente, de trampa perdonada de antemano, regreso a ese Nacimiento, a esa Navidad que observo a la altura de mi nariz llena de chocolate.
Pequeño satélite orbitando en triciclo alrededor del planeta Saturno-mesa, ocasionalmente invadiendo el cinturón de asteroides-alfombra.
Cometa enano caradura dando vueltas en órbita excéntrica en torno al chocolate.
Ah, pero qué mirada al Misterio en cada parada.

3 comentarios:

  1. Buah. Esa mesa contaba debajo con un adorno con varios arcos que en lugar de terminar en columnas se unían en remates puntiagudos que apuntaban al suelo. Si te escondías debajo de esa mesa, la espalda recibía unas punzadas cerradas que se aguantaban en silencio.
    Del Belén recuerdo que poníamos un río. Y cascadas gracias a nuestra hermana. De vez en cuando. Y luces. Muchas luces. Pero lo mejor era apagar la luz. Oler el musgo. Encender una linterna para alumbrar el portal. Cantar.
    Y dar las buenas noches al Niño con un beso muy fuerte.

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  2. Esa mesa fue también saloon vaqueros, con el entablado de afuera -la "acera" de madera de los edificios vaqueros- formado por los cojines del tresillo. Y el colmo fue que hiciera de galeón, lo más logrado, con las sillas puestas al revés sobre el tablero, haciendo de escalera al puente de mando, y los camarotes abajo, precisamente donde los remates puntiagudos...

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  3. Recién aterrizado en el blog. Impresionante como siempre. Para quitar el hipo. Todo. Iremos desgustándolo

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