sábado, 20 de diciembre de 2014

Naturalidad





En el delicadísimo Autorretrato con radiador -qué lástima que sea tan breve- de Christian Bobin, esta joya:

Una lectura de los Evangelios, por poco que se haga con el detenimiento suficiente, despierta en esas palabras preocupadas del cielo una alabanza del cuerpo y de la vida frágil - el chapoteo de las aguas del lago Tiberíades, los peces que se preparan, el pan que se saca de los cestos, el vino que baila en el fondo de las copas, y en San Lucas, esa maravilla, una frase que nos hace ver y oír: "Arrancaban y comían espigas frotándolas en sus manos".

La clave está en la Encarnación. El Cielo baja a la carne, al cuerpo, y por ello mismo, el cuerpo sube de alguna manera al Cielo, ya es asumido por lo Alto. Por eso Ibáñez Langlois, en el Libro de la Pasión, puede decir:

() la mañana es silencio y gestos como soplar el fuego
gestos como repartir el pan y palabras simples como
traed el pescado a las brasas como venid y comed y 
eso es todo en el silencio de la mañana pascual 
qué diantres hay en el interior de este misterio glorioso
casi nada casi todo la inaudita naturalidad
con que se exhibe la gloria de Dios en el nuevo mundo 
los gestos cotidianos trascendidos de eternidad ()

Esa inaudita naturalidad con que se exhibe la Gloria empieza en la inaudita naturalidad de la Encarnación.
Otra osadía más en la singularidad del Misterio.

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