Para ver bien las estrellas, busca un lugar en pleno campo, alejado de las grandes ciudades. Por ejemplo, en Starlight te informan de los mejores sitios. Uno de ellos está en Orense, en A Veiga. Pero valen muchos otros. El mejor cielo que he visto en mi vida está en Palencia, en una llanura a escasos kilómetros de Baltanás.
Acude, mejor, en una noche de luna nueva. Extiende una manta de viaje en el terreno. Ve bien abrigado, hace frío incluso en verano. Túmbate mirando al cielo. Asegúrate de que tu vista abarca cielo y sólo cielo. Ningún árbol, ni edificio ni montaña.
Haz este sencillo ejercicio. Cierra los ojos durante un par de minutos. Abstráete de todo. De la gravedad. Del peso de tus miembros.
Ya no hay arriba y abajo. Es más, prueba la inversión. Sigue con los ojos cerrados. Siente que tu espalda está colgando de un techo. Estás colgando gracias a un arnés invisible, y tus manos parece que caen y se separan del terreno-techo del que cuelgas, y tus mejillas están flácidas, y tienden a desparramarse sobre el campo de estrellas. Mantente así un par de minutos.
De pronto, abre los ojos.
¿Qué ves?
Ves eso. Está ahí mismo. Nada de arriba (si acaso, abajo). El Universo está ahí. Enfrente. Frente a ti, que ruedas por la noche de los tiempos en una roca minúscula.
Parece una alucinación. El campo de tu visión está infestado, rebosante, de oros, platas y diamantes. Nubes lechosas de polvo cósmico aportan un poco de exotismo en regiones incógnitas. La noche parece blanca con puntitos negros.
Es un derroche sideral. Y te acuerdas de ese párrafo pequeño, cotidiano, briznoso pero sidéreo, de Jiménez Lozano en Los cuadernos de letra pequeña, una delicia como pocas.
"Las zarzas silvestres de junto al río están ya totalmente rojas, y, cuando las da el sol bajo y son vistas entre los pinos, parece realmente que entre ellos hay unas brasas; porque, además, las nubes en las que el sol va a ocultarse en su caída proyectan también una luz rojiza. En los verdes no se nota, pero a las zonas de tierra desnuda, o a la arena, las tiñe de un suave color rosado. Estoy solo, y todo el hermosísimo espectáculo es para mí; pero también se desarrollaría igual si no hubiera nadie. Es un derroche realmente. Proseguirá cuando el hombre no esté ya sobre la tierra."
Más derroche.
Y por ejemplo, otra explicación tan amateur y gratuita como la del año pasado, pero qué diantre, casi hasta me gusta más.
Estamos acostumbrados a un universo racional, pleno de leyes por necesidad, y de logos y determinismos, sí, y de hecho es lo que nos da confianza, lo que nos otorga repetibilidad en este mundo que tenemos el encargo de trabajar. Pero reducirlo todo así es una idea un poco, no sé, como de pelucón de la Ilustración, un tanto rigi, ortopédica.
Al fin y al cabo, ese cielo enfrente de ti se parece demasiado a una copa de champagne, con esas chispeantes estrellas que burbujean en la gigantesca cuenca en la que parece que vas a caer.
¿Y qué es entonces, todo eso? ¿Para qué sirve?
Pues para nada.
Y para todo.
Es el derroche, la esplendidez, una celebración de la Gloria, de un Dios demasiado perfecto como para no firmar exultante, con una rúbrica florida, con una firma como las que se hacen cuando uno está contento de verdad, por ejemplo cuando firma un cuadro o las notas de su hijo pequeño, con una mezcla de alegría y orgullo, y un punto de dejarse llevar, y entonces uno se pone algo barroco, y hace un gesto gratuito.
Gratuito. No todo tiene que ser por necesidad. ¿Quién lo ha dicho?
Entonces ese cosmos inmenso, burbujeante, sería el magnífico gesto espléndido, el impulso de una propina final, el cósmico derroche firmado del Padre pródigo.