domingo, 11 de diciembre de 2016

Allí

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23 de diciembre
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A las tres de la tarde vienen como treinta niños y niñas al catecismo. Pasamos una hora deliciosa. A las cuatro salen estos y vienen otros tantos, ya mayores. Otra hora. Tenemos catecismo, cantos, cuentos, más catecismo, historias de la biblia y así.
A las cinco bien corridas me quedo solo y hago la cena, que suele consistir en pescado, del que aquí tenemos en abundancia, una lata de maíz o guisantes, pan, queso y varias tazas de té. 
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A las siete y media empiezan a llegar los cantores. Tenemos bien ensayados todos los villancicos que vamos a cantar por Navidad: Adeste Fideles, en latín y todo, y los demás, unos en inglés y otros en eskimal.
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Para mí las Navidades en Alaska son noches interrumpidas por unas horas de luz casi crepuscular con mucha nieve, mucho frío y unas estrellas que parecen ascuas. Muchas confesiones, villancicos, viajes rápidos en trineo, tiritando. Tarjetas navideñas con limosnas para la misión. Turrón que llega tarde para la Nochebuena; pero que llega invariablemente. Muchos dulces para los niños eskimales. El diminuto portal de Belén. Meditación casi diaria de las lecciones de ese portal. Sermones sobre esas lecciones. Y cubriéndolo todo un baño de gozo espiritual que no se conoce si no se siente; porque viene directamente de Dios, que da lo que quiere, cuando quiere y a quien Él quiere."

Del maravilloso libro Cuarenta años en el Círculo Polar, del padre jesuita Segundo Llorente, que fue misionero en Alaska entre 1935 y 1975.

Y ese frío, esos viajes rápidos en trineo, ese turrón que llega tarde, pero sobre todo ese baño de gozo espiritual que lo cubre todo, se sienten como si fueran hoy, como si siempre hubiésemos estado allí, a orillas del Yukon, en Kwiguk, en Akulurak, en plena Navidad.

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