Este rincón se abre unos breves días, todos los años, en Adviento, con unas reflexiones durante la espera. Cósmicas por aquello de lo desproporcionado, de lo audaz hecho con mimbres de baratillo, con esa connotación peyorativa de “me vino con un planteamiento cósmico”, “me dijo algo sideral”, y así. Cósmicas también porque la Navidad es un acontecimiento trascendental en la historia del hombre y del Cosmos, y porque el Adviento empieza siempre tras la fiesta de Cristo Rey del Universo.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Templo
En la Sagrada Biblia, el tema del Templo es algo a lo que se presta mucha atención.
Primero, la Tienda del Encuentro, en el Éxodo. Se dan tal cantidad de instrucciones precisas sobre las columnas de madera, las pieles que recubren la Tienda, capa a capa, las dimensiones, los distintos habitáculos, la valla que lo rodea todo, etc., que uno puede dibujarla.
O, después, el Templo de Jerusalén, que recoge el testigo de la Tienda del Encuentro. El Templo que construye Salomón. Las instrucciones son tales que sólo faltan los planos. Las medidas, el material, la madera de cedro, el oro recubriéndolo todo por dentro, los habitáculos y sus formas, el atrio, el mar de bronce, las columnas, los enormes ángeles con sus alas desplegadas, hasta los capiteles con el detalle de sus grabados en cadenillas de oro. Y por supuesto todos los utensilios para los sacrificios y el culto. Y por si fuera poco, estas instrucciones aparecen tanto en el Libro de Reyes 2 como en Crónicas.
Sin embargo, el Portal de Belén no tiene planos. Ni instrucciones. Es todo como provisional, como providencial. Como milagroso.
Existe una historia preciosa sobre la Basílica de la Natividad. Porque sabéis que, en el Portal de Belén, existe una pequeña iglesia desde tiempo inmemorial. Ya desde antiguo se intentó precisar con la mayor exactitud posible el Lugar, y se construyó dicha Iglesia. Estoy hablando del año 325, por ahí. Casi nada.
Pues bien, en el siglo VII, los persas invaden Tierra Santa.
Algo muy sangriento. No dejaron piedra sobre piedra. Mata rasa. Dejaron todo nivelado a ras de suelo.
Sin embargo, ante la Basílica de la Natividad se detuvieron. Extraño comportamiento.
¿Por qué?
Por un mensaje criptográfico almacenado durante siglos. A plena luz. Narrado en las Navidades durante todas las épocas. Transmitido de generación en generación. Plasmado en infinidad de obras de arte.
Un código sofisticadísimo para la época. Para la época y para todos los tiempos. Un mensaje intraducible, pero intacto desde su aparición hasta el fin del mundo. Una retransmisión en directo, desde la Navidad hasta cualquier edad del mundo.
Al grano.
Dice la historia que es porque, en el dintel de la puerta, están las imágenes de los Reyes Magos.
Y los persas se dijeron: “Estos son de los nuestros, Reyes de Oriente. No se toca”.
Y así es como la Basílica de la Natividad quedó intacta.
Pero qué persa se iba a imaginar que unos Reyes magníficos serían cómplices de la entrada subrepticia, clandestina, de Cristo en el mundo.
Un regalo digno de reyes.
(Bonus 1)
El Belén y los Pasos de Semana Santa conforman una pareja de singularidades físicas.
Son prácticamente las únicas recreaciones 3D con que el pueblo conmemora los Misterios de la Vida de Jesús.
No es casualidad.
Justo para el principio de su Vida y para el Final de su Vida.
Se trata de la materialización del Flujo del Espíritu al pasar de la Eternidad al Universo, a partir de los jirones dejados en los contornos de las ventanas abiertas en Belén y en Jerusalén.
Son decantaciones, agregaciones espontáneas de realidad, semejantes a estalactitas y estalagmitas formadas en el contorno de dichas ventanas.
Protuberancias, protrusiones de materia dirigidas por el Espíritu.
Ah, la Eternidad dejándose afectar por el célebre Efecto Borde, por las restricciones de las Condiciones de Contorno.
Para crear maravillosas figuras de Belén. Y magníficos Pasos de Pasión.
(Bonus 2)
Pero vale ya de teorías y fantasías.
Esta Navidad pondré cerco para conquistar el Belén.
Distribuiré mi ejército cubriendo todos los flancos.
Pondré cara de niño por el camino central.
Acecharé junto al riachuelo, en medio de los peces de colores.
Bajaré embozado por las montañas nevadas.
Avanzaré por la retaguardia con peticiones de perdón.
Me infiltraré entre los pajes, para acercarme cuanto más mejor, llevando en mis manos las obras del corazón.
Sólo espero hacer el suficiente ridículo como para que el Señor, ante mi patético movimiento de jaque pastor, me responda derrotándome sin paliativos.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Hijo del Hombre
Pregúntale a tu Ángel de la Guarda cómo fue la Navidad.
Él estuvo allí. Pregúntaselo.
Mejor, pregúntale cómo Está siendo la Navidad. Pregúntale, por ejemplo, al irte a acostar.
Y puede que, al día siguiente, te levantes boquiabierto.
Porque los hombres siempre nos estamos mirando al ombligo. Tampoco es que seamos muy culpables de ello, porque somos hijos del tiempo. Hijos de nuestro tiempo. Pero no podemos negar que somos, por así decirlo, poco dados a ponernos en el lugar de nuestro vecino. Y menos a ponernos en los pies de nuestro Ángel de la Guarda.
Porque, a ver, conocemos más o menos bien la historia de esa Noche. Conocemos los hechos, los testigos, incluso los efectos físicos, meteorológicos y astronómicos. Incluso los efectos musicales.
Pero ¿alguna vez te has preguntado cómo se vivió esto en el lado de la Eternidad? Sí, sí, al otro lado de la tensa superficie que separa Eternidad y cosmos. Al otro lado de la ventana.
Pues imagínate. En el momento en que aquí, en Belén, Dios entra en el mundo… allí, al otro lado, los ángeles se quedan más asombrados aún.
De pronto, a través de una ventana en Belén que conecta el mundo con el Infinito, entra meteórico un hombrecillo, un niño, y va a parar directo, más rápido que el más rápido de los fulgurantes arcángeles, al centro del mismísimo Dios. El proyectil da en todo el blanco.
Un hombre en medio del Sol.
¿Asombro aquí? Pues imaginaos allá. Los ángeles no se recuperan.
No es que a Dios se le haya metido una mota en el ojo. O una brizna de paja se le haya enredado entre sus cabellos.
Es que acaba de meter al mismísimo hombre en medio de su Corazón.
Para siempre habrá un hombre incrustado en medio de Dios.
Más cosas
La nieve, por ejemplo.
Quién pudiera contar el misterio del copo cayendo, en balanceo, como un paracaidista de los ejércitos del Norte. Y ese copo, ese soldado, según va cayendo y meciéndose en el aire, contempla el Portal desde perspectivas insospechadas. Desde muy arriba, sólo el techo de la cueva, ahora la luz que asoma, los vestidos, las caras, la cara del Niño, esos ojos, esos piececitos, la Madre, el Padre, la paja… y el suelo.
El copo se posa por fin en la tierra.
De toda la vida, esos copos se posaban, se derretían y desaparecían en forma de agua. Siempre fue así.
Pero en Belén aconteció un suceso la mar de curioso. Los copos iban cayendo, como paracaidistas, ya lo hemos dicho. Y según iban posándose sobre el suelo, se resistían a desaparecer, tal era la belleza que habían contemplado durante su caída. Así que se quedaban quietos, la cara vuelta hacia el Portal, todos mirando, cada uno con una expresión de asombro particular. Es de sobra conocido que no hay dos copos de nieve iguales.
Como nadie se resignaba a marcharse, fueron quedando allí, mirando desde fuera hacia el Niño, mientras iban posándose más y más, amontonándose unos encima de otros.
Y desde entonces sucede casi siempre así. Que la nieve se amontona y queda un paisaje blanco, como virgen, como lavado en la primera mañana del mundo.
Y sucede que, en conmemoración de ese momento en que todos los copos observaban en silencio al Niño, cada vez que hay nieve en nuestros campos, sobreviene el mismo silencio sobrecogedor de entonces. El mismo silencio como de decorado de belén. El mismo silencio de asombro que guardaron los copos en aquel primer atardecer.
Un silencio de campo. No “del campo”. Sino un silencio campal. Un campo de silencio.
La calma de la contemplación pura.
viernes, 18 de diciembre de 2009
Cita
Resulta útil observar el cosmos, la naturaleza, los objetos, la mañana de Navidad.
Todos parecen lo mismo que el día anterior, pero no lo son. Han sufrido una especie de transfixión, como traspasados por una onda cósmica que por una milésima de nanosegundo los haya destruido para volver a re-crearlos, poniendo a cada átomo en su lugar preciso. A simple vista no se aprecia.
Pero un ojo experto lo nota.
Se percibe cierto eco, cierta reverberación causada por la entrada de lo Infinito en lo finito, con el consiguiente revoltijo y apelotonamiento de lo finito.
Es la nueva Creación, el espacio y el tiempo doblados de admiración.
Eso pasa también el Domingo de Resurrección, esa mañana cósmica, que decía Ibáñez Langlois. Hasta las piedras parecen intentar recuperarse de tanto teletransporte entre la eternidad y el cosmos. Es como si fueran perfectamente conscientes de que todo es pura nada sostenida a fuerza de puro Amor. Creación, destrucción y creación. La materia volviendo una y otra vez a cada punto exacto del Universo previamente abandonado, hace escasamente una fracción infinitesimal del tiempo de Planck. Y vuelta.
(Un filósofo clarividente de nuestro tiempo lo describe como una explosión-implosión continua del Universo. Y ha acuñado el maravilloso término de “plosión”)
Y esas mañanas se percibe con toda claridad y sencillez el misterio de la Transubstanciación. Si es que el mundo se está continuamente transubstanciando, como en una réplica, como en una imitación de su Dueño. Ahí tenemos el rastro, por ejemplo, en la nube indeterminada, probabilística, de electrones que no se sabe dónde caen, dónde amanecen tras cada recreación. Y es que ellos lo viven en primera fila, en directo, y tardan en recuperarse. Estoy seguro de que, si el Señor dejara de transubstanciar el mundo, las nubes de electrones desaparecerían, los electrones devendrían en pelotitas concretas, y escaso tiempo después (calculo que una trillonésima de trillonésima de nanosegundo) el Universo se pararía, dejaría de respirar y pluf desaparecería en el ambiente ya demasiado frío para siquiera existir.
Solo que el mundo se transubstancia en sí mismo, como a través de una explosión sorda que no dejara edificio en pie, para volver a ponerse –casi- inmediatamente en su sitio. Y el mundo no deja de ser una imagen –pálida, sí- de esa Transubstanciación, que con una energía inimaginable para nosotros, con una energía de órdenes totalmente superiores a la del Big Bang, ocurre en cada Misa.
La materia y el Infinito acudiendo, tranquilamente, con la sencillez de un beso, con la inocencia de una sonrisa, a su cita concreta en el punto matemáticamente más preciso de todo el Cosmos.
Trekking
A ver. ¿Qué más fue creado en Belén?
Pues casi todo.
Por ejemplo, el montañismo. O el senderismo, como se prefiera. Vamos, el trekking.
Desde el Nacimiento, hacer trekking es como caminar por un belén. Siempre.
Ah, quién transitara por esos senderos que conducen al Portal, hechos de tierra-pan. Quién se perdiera por esas deliciosas colinas, por esas épicas montañas del fondo.
Uno va caminando por la montaña, y descubre en el borde del sendero ese acebo brillante, frutal. O se interna por el bosquecillo y se encuentra con el musgo del belén por todas partes. O se encarama a un saliente y divisa una laguna de papel de plata y cristal.
Y, mientras vas caminando, vas ganando conciencia de que te ha sido dado deambular por un escenario magnífico: estupendamente decorado, con la perfecta combinación de lo grande en la cercanía y lo pequeño en la lejanía, de lo rápido en la cercanía y lo lento en la lejanía.
Y, a cada recodo y revuelta del camino, aguantar la respiración esperando encontrarse con el Portal.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Astronáutica
En realidad, el Universo físico no gravita en torno a un único punto. Porque el Belén, punto cero, también comparte esta condición con todo el misterio de la Vida de Jesús.
Desde la Encarnación hasta la Resurrección, todo es “punto cero”. O sea, que el Universo está plegado en torno a una columna vertebral, no a un punto.
Sí señores, el Universo tiene columna vertebral, o sea, origen y además esqueleto. Y si no, que se lo digan a los astrónomos, que recientemente han descubierto que las galaxias y las estrellas no están diseminadas por ahí, así, llenando todo el espacio al buen tuntún, sino que forman como inmensos “cordones” que se curvan y conectan con otros cordones, conformando un conjunto como de esqueleto. El resto, vacío.
La columna vertebral del Universo, lugar de origen cósmico, sin lo cual no existe el resto. Es también la columna central, y en ella reside el sistema nervioso.
El sistema palpitante del que resultan las ondas electromagnéticas, esos espíritus que interaccionan con el mundo físico.
Aunque, ¿qué es el mundo físico? La oscilación de la pura nada decantada en fuerzas y contactos, sostenida por una mirada.
La mirada atenta de la Providencia.
Ah el Cosmos, el Cosmos. Capaz de tan poco y de tanto a la vez. Capaz del hombre.
Hubo un cosmonauta ruso que dijo algo que se ha hecho bastante conocido. Se trata de Valery Bykovsky. El hombre vino a decir en 1963 que ningún cosmonauta soviético creía en Dios y que ninguno de ellos había visto algo durante sus vuelos espaciales para cambiar su modo de pensar. Eso. A escasos 300 km de la superficie de la Tierra. “Ahí fuera”.
A buen seguro, se retiró a una dacha en la tundra, cortesía del Partido, y se murió allí del asco, tan orgulloso de semejante proeza poética.
En cambio, resulta casi desconocida la siguiente historia. Es ésta una verdadera anécdota cósmica. Una cosmo-historia. Está contada con pelos y señales en el estupendo libro “A man on the moon”, de Andrew Chaikin. Un libro apasionante.
Nuestro protagonista es Buzz Aldrin. El escenario, el módulo lunar Eagle. Es decir, el módulo lunar del Apolo 11. El día, 21 de Julio de 1969. 6 años después del comentario del ruso. 385.000 km más lejos.
Buzz Aldrin, junto a Neil Armstrong, se posan por primera vez en la historia en la superficie lunar. El Eagle, su módulo, es un habitáculo del tamaño de un cuarto de baño. Ambos van de pie. Buzz no es un astronauta al uso. Tiene una tesis doctoral sobre los rendezvous, es decir, sobre los encuentros orbitales entre naves distintas. De hecho, ha sido parte activa en el diseño de dichos encuentros, imprescindibles para poder llegar a la luna y volver.
Bueno, el caso es que alunizan. Antes de hacer nada más, tienen que pasar unas horas dentro del módulo, descansando antes de salir.
Pues bien, lo que casi nadie sabe es que, en ese tiempo, antes de que Neil Armstrong y él pisaran por primera vez el suelo de la Luna, Aldrin hizo algo muy especial.
En el silencio de aquel momento, ante un páramo gris y cósmico, planetario, básico y elemental, galáctico, Buzz extrajo una Forma Consagrada y un pequeño cáliz de plata, donde vertió el Vino de un diminuto frasco. Todo esto se lo había proporcionado un amigo sacerdote.
Leyó un pasaje del Evangelio.
Y sí señor. Lo primero que hizo el hombre al llegar a la Luna no fue salir y pisarla.
Lo primero fue comulgar.
martes, 15 de diciembre de 2009
Luz
La Sagrada Familia nos retransmite, a lo largo del espacio y del tiempo, la paz y la armonía del hogar.
Y eso que la situación encarna una de las peores pesadillas de todo padre: de parto, intemperie, frío, sin casa, improvisación por la noche…
Sin embargo, es la escena que transmite más paz.
Y es una escena que luego se proyecta al día a día, a gestos tan sencillos como llegar a casa, besar a los niños, besar a la esposa, pasar de otras ocupaciones “más interesantes” como leer el periódico (¿), navegar por Internet (¿), o incluso empezar ese libro que tanto nos apetece. Por no hablar del televisor.
Y entonces, sentarse en la sala y charlar tranquilamente, enseñar alguna canción, contar algún cuento, escuchar atentamente la situación entre las amistades de tu hija pequeña, con más tensión que la frontera de Gaza.
Y acariciar mejillas distraídamente, y jugar a algún juego de mesa, o improvisar un trabalenguas insuperable.
Jugar y enseñar. Amar y aprender. Y rescatar del mundo esa luz de la redención. Y entretenerse como un niño jugueteando con sus hilos dorados.
Todo en la alegría luminosa del hogar.
Esa alegría y esa luz fueron inventadas, qué digo inventadas, fueron creadas en aquel Portal, en el momento del Nacimiento. Antes, había otra alegría y otra luz.
Pero esta alegría y esta luz, luz como de pan, luz como naciendo de cada átomo de aire, alegría como de paz, abismal por lo sencilla, éstas fueron hechas esa Noche.
Y luego fueron lentamente manufacturadas y mejoradas durante tantos días en aquel hogar de Nazareth, como en una bodega, calmando y decantando, repartiendo y dando a probar. Continuamente.
Luz de Sagrada Familia.
Alegría de Sagrada Familia.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Elementos
Dado que el Portal de Belén está en el origen, en el punto cero-cósmico, tiene bastantes cosas en común con el Big Bang. La primera, como ya he dicho, que coexisten, de manera que el Big Bang aparece como un adorno luminoso que alumbra la escena y guía a los Reyes.
Además, su carácter elemental. Es decir, los elementos del mundo físico. De ahí nacen todos.
Por ejemplo, el fuego. Todo el fuego del mundo, desde la chimenea más sencilla hasta la chispa del cohete Saturno, pasando por la llama de las velas de Adviento, proviene de aquella pequeña hoguera en el Portal. Efectivamente, allí se inventó el fuego. Desde ahí toman su fuego los fuegos de todos los siglos, desde Adán hasta nuestros días. Como un testigo pasado de mano en mano. Incluso el Espíritu Santo, en Pentecostés, se inspiró en aquellas llamas de la hoguera de Belén.
O el aire. Ese aire. Aire seco y caliente junto al fuego. Aire frío, húmedo y vaporoso en boca del buey y la mula, detrás de todo. Aire para respirar y suspirar de gozo. Aire para sufrir y jadear. Aire para arropar y cantar nanas, y decir preciosidades en voz tan baja que sólo el Niño puede escuchar. Desde entonces existe aire en el Universo. Cosa extraña. Al fin y al cabo, los elementos materiales son tan… etéreos, tan en la frontera con la eternidad.
O la tierra. Esa tierra de los caminos, esa tierra en el suelo del Portal. Tierra convertida en piedra de las paredes de la cueva. Tierra devenida en madera de las vigas. Tierra convertida en paja del pesebre. Tierra para sostenerse en pie, tierra para caer. Tierra que alimenta y tierra que ensucia a la vez. Tierra que se convierte en cuerpo. Tierra creada y redimida, al fin y al cabo, que por ofrecer un suelo a su Creador y Salvador, gozará de la resurrección de las tierras.
Y el agua. El agua de las lágrimas del Niño. Agua mineral, agua salada. Agua de la saliva de Cristo. Agua que cura, agua que abre los ojos. Agua, junto con la sangre, en el corazón de Cristo. Agua que limpia, agua que purifica, agua que perdona. El Bautismo late por primera vez en el Portal.
viernes, 11 de diciembre de 2009
Inocencia
En uno de los caminos tetradimensionales (en el continuo espacio-tiempo) que conectan con el Portal de Belén, están los Santos Inocentes. No repetiré aquí las maravillosas reflexiones que hace Charles Peguy sobre el “Misterio de los Santos Inocentes”.
Los niños del Misterio de los Santos Inocentes están conectados, en el continuo espacio-tiempo, con el Portal de Belén, de una manera radical.
Acontecen al mismo tiempo, pero no de una manera como acontecemos el resto de la humanidad.
Acontecen como un cortejo, como eternamente acompañando, como eternamente reconectados con el Portal.
Como si hubiera una doble conexión con Belén: una de entrada, y otra de salida. De salida hacia la Pasión. Y vuelta. Doble flujo. Alta tensión. El resto es como si estuviéramos conectados en baja tensión.
Ah, pero los niños del Misterio de los Santos Inocentes. Ellos están en Alta Tensión, vibrando a niveles insospechados. Conectados con la Navidad. Conectados con la Pasión.
Dicen que resucitaremos con las heridas del amor. En la plenitud de nuestro cuerpo resucitado, llevaremos las cicatrices del amor. No las de la guerra, o los accidentes. Pero sí los de los actos heroicos de amor, como los de aquella madre que luchó contra un tiburón para que soltara a su hijo.
O como las llagas de Jesús resucitado. Jesús resucita con llagas, atención. Forman parte de su cuerpo resucitado. Forman parte de su plenitud.
Pues bien, creo que del Misterio de los Santos Inocentes, en su especial doble conexión de Alta Tensión con el Misterio del Portal y con el Misterio de la Pasión, resucitarán niños bellísimos, como nunca se han visto sobre la faz de la tierra.
Niños que portarán la plenitud de la luz cenital del Portal. Niños que portarán la asombrosa belleza de las heridas de la Pasión, la plenitud del Amor llegando puntual a su cita con la inocencia en el tiempo.
Con heridas de pura Luz.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Pliegue
El portal, en un espacio tridimensional, es como un belén casero, con sus figuritas, que ya pasó y punto.
En cambio, en el continuo tetradimensional, están los Reyes, por ejemplo, continuamente repartiendo oro, incienso, mirra, y juguetes a los niños. Por eso a ellos no les afectan los cálculos físicos de velocidad necesaria para repartir todos los juguetes, con su consiguiente rozamiento.
Están fuera de todo eso. Ellos van, tranquilamente, repartiendo todo eso, y no les cuesta nada. Y para nosotros todo eso pasa como en una noche.
Y tampoco es que ellos a nosotros nos vean como hologramas repentinos, verdes, rojos y azules, que pasan en un suspiro. No.
Les da tiempo de llegar, tomarse el turrón, la copita, dar de comer a sus camellos y ordenar los juguetes según los zapatos. A veces, creo que hasta se permiten quedarse observando en el umbral el pacífico sueño de los niños. Sobre todo el de los niños.
En fin, en ese continuo tetradimensional, llegan los Reyes, llegan los pastores, circulan los ángeles, llegamos nosotros, y la música, gracias a sus célebres propiedades armónicas en el mundo de las ondas, reverbera en las encrucijadas.
Y nace Él.
Y según viene, viene también a todas las Misas de la historia del mundo. A las de hoy y a las de mañana.
Por ejemplo, sé de un pliegue del continuo por el que el Señor, según nace, se desliza felizmente, sacrificadamente, a la velocidad de la eternidad, a la velocidad del silencio, desde el Portal de Belén para llegar puntualmente a la Consagración de las Sagradas Formas en cierta capilla clandestina de la China más profunda, a la hora exacta del día exacto.
Y, desde el Portal, la Virgen María participa atentamente, en primera fila.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
Física
La Física es muy enrevesada y hay que hablar pomposamente del “continuo”, del “espacio-tiempo”, etc. Los físicos hablan de “agujeros de gusano en el continuo”, de “pliegues” y “repliegues” del espacio-tiempo, para hablar de viajes en el futuro, y de regresos al pasado, y de lo instantáneo, y de algunas cosas más.
En realidad, circunloquios para referirse al hecho de que, en Navidad, el Niño nació en el tiempo en Belén, pero entró desde la Eternidad.
Y en la Eternidad siempre está naciendo. Está naciendo todavía.
Es como si la eternidad fuera el aire libre y el tiempo el agua. Nosotros vivimos sumergidos en el tiempo, bajo el agua. El Señor, en la Eternidad (en el aire libre), está naciendo en todo momento. Y cruzando, rompiendo la tensa superficie del agua, hacia el tiempo. Nosotros, en el tiempo, en el agua, vemos una imagen distorsionada y deformada, y nos parece que aquello pasó una vez.
Porque, además de la distorsión, está la marea que sube y baja, las corrientes marinas que nos arrastran… Pero en realidad está pasando.
Y en Navidad, se nos concede una pequeña escapada. En Navidad se nos concede salir de la superficie siquiera un segundo, como pequeños peces voladores que saltan, y son capaces de echar una mirada boqueante en el resplandeciente aire, y percibir la Navidad en la eternidad.
Claro, este hecho de la eternidad entrando en lo finito provocó en la cacharrería de átomos, energías y velocidades del Universo tal retorcijón del espacio y del tiempo, que todo ha quedado organizado en torno a ese punto de origen. Como una bola arrugada de papel.
O sea, que todo estaba organizado desde el principio. En torno al punto de origen, quiero decir: en torno a la Navidad en el Portal de Belén.
- ¿Pero cómo que es el punto de origen? ¿Y qué hay del Big Bang? ¿Acaso no sucedió eso al principio?
- No, hombre. Al quedar todo el Universo replegado en torno a la Navidad, el Big Bang es una especie de anécdota en el ángulo superior derecho del Portal de Belén. Como un fuego artificial, algo bonito, pero nada esencial en absoluto. Y como coexiste con Belén, aparece siempre en plena explosión. Sí, ahí, arriba a la derecha.
Por eso la gente lo confunde con una estrella. Se le conoce como la Estrella de Belén, pero en realidad es el Big Bang, que en ese momento está sucediendo, pero como en un segundo plano, como en “segunda división”. En otro pliegue que asoma por ahí.
- Que no, que en todo caso aquello fue el Cometa Halley, que pasa cada setenta y tantos años cerca de la Tierra.
- Sí, eso dice algún enterado, pero ni Halley ni nada. El Big Bang en directo.
- Ya, ¿y esa cola que arrastra?
- Exactamente. Esa cola está provocada por el roce de la Eternidad con el mundo físico. Es la acumulación de movimiento en la dimensión tiempo. Es el Big Bang en directo, visto desde Belén.
Con efecto Doppler.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Inicio
Existen varios caminos que llegan al portal de Belén. Claro, pensará alguno. Unos llegan de Nazareth. Otros, de Jerusalén. Otros llegan desde Tiro. Algunos llegan desde el mismísimo Egipto. Y unos cuantos desde Persia, atravesando el Jordán. Los Reyes Magos debieron de tomar alguno de estos últimos.
Pero no me refiero a esto, no. No me refiero a los caminos en el sentido de “carretera” o de calzada. No me refiero a los caminos que uno puede comprobar que existen yendo a Belén y poniéndose a mirar alrededor.
Tampoco me refiero a los caminos que existían la noche de Navidad. Porque no son los mismos. Son distintos.
Me refiero a ambos tipos de caminos y a más. A muchos más.
El Portal de Belén el día de Navidad es el principio de la Historia. Y del Espacio.
Quiero decir que es el punto origen del espacio-tiempo.
Hacia él convergen trillones y trillones de caminos del pasado. Y del presente y del futuro.
Todo el entramado del continuo espacio-tiempo está plegado, retorcido y doblado alrededor del día de Navidad. En Belén.
A partir de ahí, los caminos se despliegan, se separan, sin cruzarse, unos hacia el pasado, otros hacia el futuro. Pero todos los puntos del Universo existen “a la vez” que la Navidad.
Por eso en Navidad decimos que “nace el Niño”. No que nació. Ni siquiera que “cumple años”, que está bien, es una reflexión bienintencionada, pero no es exacta. Por no hablar de “nace en cada uno de nuestros corazones”, que también está bien, aunque algunas veces viene con una pátina de cursilería, del tipo “llevamos a fulanito en nuestro corazón”, o “siempre te recordaremos”.
Aunque, bien mirado, eso de “el Niño nace en nuestro corazón”... Si uno se asoma, se abre un abismo insondable.
Pero en realidad, ahora me estaba refiriendo a la yuxtaposición en el tiempo. El día de Navidad, el Niño está naciendo. En el Universo, todos los caminos y trayectorias del continuo espaciotemporal conectan con el origen, con el punto cero.
Por eso, el día de Navidad siempre tiene un color distinto. Haga sol, llueva o truene. Lo mismo que el Domingo de Resurrección.
Que tienen su propia luz. Luz hecha a medida, fabricada para la ocasión, creada en ese momento. Porque la luz normal, la luz física, nunca llegaría puntual a su cita con el día. Porque los acontecimientos la superan, en velocidad y en gravedad. Entonces esa luz normal llega siempre con un día de retraso. Llega al día siguiente, y a partir de ahí todo vuelve a ser como siempre.
Pero el Día de Navidad, el Niño, que parece que juega con los temblorosos rayos de luz entre sus dedos, en realidad la está creando. La está haciendo en ese momento para que llegue a tiempo a todos los lugares y épocas del hombre. Y esa Luz, por misteriosos caminos fabricados en el corazón de Dios, llega, en primer lugar, antes que a ningún sitio, antes siquiera que al umbral del Portal, llega al Día de la Resurrección, justo a tiempo para saludar y abrazar al cuerpo glorioso, resucitado, del Señor saliendo del Santo Sepulcro.
El caso es que esa luz rebota en su cuerpo resucitado, en sus heridas, y ahora sí, ahora ya puede volver al Portal, luz feliz, luz consolada, luz que quiere gritar y mostrar y explicar. Y, entonces, toda emocionada, pone cara de velocidad y salta, como un tigre, a iluminar todos los días de Navidad y de Resurrección de la Historia.
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