viernes, 4 de diciembre de 2009

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Existen varios caminos que llegan al portal de Belén. Claro, pensará alguno. Unos llegan de Nazareth. Otros, de Jerusalén. Otros llegan desde Tiro. Algunos llegan desde el mismísimo Egipto. Y unos cuantos desde Persia, atravesando el Jordán. Los Reyes Magos debieron de tomar alguno de estos últimos.
Pero no me refiero a esto, no. No me refiero a los caminos en el sentido de “carretera” o de calzada. No me refiero a los caminos que uno puede comprobar que existen yendo a Belén y poniéndose a mirar alrededor.
Tampoco me refiero a los caminos que existían la noche de Navidad. Porque no son los mismos. Son distintos.
Me refiero a ambos tipos de caminos y a más. A muchos más.
El Portal de Belén el día de Navidad es el principio de la Historia. Y del Espacio.
Quiero decir que es el punto origen del espacio-tiempo.
Hacia él convergen trillones y trillones de caminos del pasado. Y del presente y del futuro.
Todo el entramado del continuo espacio-tiempo está plegado, retorcido y doblado alrededor del día de Navidad. En Belén.
A partir de ahí, los caminos se despliegan, se separan, sin cruzarse, unos hacia el pasado, otros hacia el futuro. Pero todos los puntos del Universo existen “a la vez” que la Navidad.
Por eso en Navidad decimos que “nace el Niño”. No que nació. Ni siquiera que “cumple años”, que está bien, es una reflexión bienintencionada, pero no es exacta. Por no hablar de “nace en cada uno de nuestros corazones”, que también está bien, aunque algunas veces viene con una pátina de cursilería, del tipo “llevamos a fulanito en nuestro corazón”, o “siempre te recordaremos”.
Aunque, bien mirado, eso de “el Niño nace en nuestro corazón”... Si uno se asoma, se abre un abismo insondable.
Pero en realidad, ahora me estaba refiriendo a la yuxtaposición en el tiempo. El día de Navidad, el Niño está naciendo. En el Universo, todos los caminos y trayectorias del continuo espaciotemporal conectan con el origen, con el punto cero.
Por eso, el día de Navidad siempre tiene un color distinto. Haga sol, llueva o truene. Lo mismo que el Domingo de Resurrección.
Que tienen su propia luz. Luz hecha a medida, fabricada para la ocasión, creada en ese momento. Porque la luz normal, la luz física, nunca llegaría puntual a su cita con el día. Porque los acontecimientos la superan, en velocidad y en gravedad. Entonces esa luz normal llega siempre con un día de retraso. Llega al día siguiente, y a partir de ahí todo vuelve a ser como siempre.
Pero el Día de Navidad, el Niño, que parece que juega con los temblorosos rayos de luz entre sus dedos, en realidad la está creando. La está haciendo en ese momento para que llegue a tiempo a todos los lugares y épocas del hombre. Y esa Luz, por misteriosos caminos fabricados en el corazón de Dios, llega, en primer lugar, antes que a ningún sitio, antes siquiera que al umbral del Portal, llega al Día de la Resurrección, justo a tiempo para saludar y abrazar al cuerpo glorioso, resucitado, del Señor saliendo del Santo Sepulcro.
El caso es que esa luz rebota en su cuerpo resucitado, en sus heridas, y ahora sí, ahora ya puede volver al Portal, luz feliz, luz consolada, luz que quiere gritar y mostrar y explicar. Y, entonces, toda emocionada, pone cara de velocidad y salta, como un tigre, a iluminar todos los días de Navidad y de Resurrección de la Historia.

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