Este rincón se abre unos breves días, todos los años, en Adviento, con unas reflexiones durante la espera. Cósmicas por aquello de lo desproporcionado, de lo audaz hecho con mimbres de baratillo, con esa connotación peyorativa de “me vino con un planteamiento cósmico”, “me dijo algo sideral”, y así. Cósmicas también porque la Navidad es un acontecimiento trascendental en la historia del hombre y del Cosmos, y porque el Adviento empieza siempre tras la fiesta de Cristo Rey del Universo.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Más cosas
La nieve, por ejemplo.
Quién pudiera contar el misterio del copo cayendo, en balanceo, como un paracaidista de los ejércitos del Norte. Y ese copo, ese soldado, según va cayendo y meciéndose en el aire, contempla el Portal desde perspectivas insospechadas. Desde muy arriba, sólo el techo de la cueva, ahora la luz que asoma, los vestidos, las caras, la cara del Niño, esos ojos, esos piececitos, la Madre, el Padre, la paja… y el suelo.
El copo se posa por fin en la tierra.
De toda la vida, esos copos se posaban, se derretían y desaparecían en forma de agua. Siempre fue así.
Pero en Belén aconteció un suceso la mar de curioso. Los copos iban cayendo, como paracaidistas, ya lo hemos dicho. Y según iban posándose sobre el suelo, se resistían a desaparecer, tal era la belleza que habían contemplado durante su caída. Así que se quedaban quietos, la cara vuelta hacia el Portal, todos mirando, cada uno con una expresión de asombro particular. Es de sobra conocido que no hay dos copos de nieve iguales.
Como nadie se resignaba a marcharse, fueron quedando allí, mirando desde fuera hacia el Niño, mientras iban posándose más y más, amontonándose unos encima de otros.
Y desde entonces sucede casi siempre así. Que la nieve se amontona y queda un paisaje blanco, como virgen, como lavado en la primera mañana del mundo.
Y sucede que, en conmemoración de ese momento en que todos los copos observaban en silencio al Niño, cada vez que hay nieve en nuestros campos, sobreviene el mismo silencio sobrecogedor de entonces. El mismo silencio como de decorado de belén. El mismo silencio de asombro que guardaron los copos en aquel primer atardecer.
Un silencio de campo. No “del campo”. Sino un silencio campal. Un campo de silencio.
La calma de la contemplación pura.
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