Este rincón se abre unos breves días, todos los años, en Adviento, con unas reflexiones durante la espera. Cósmicas por aquello de lo desproporcionado, de lo audaz hecho con mimbres de baratillo, con esa connotación peyorativa de “me vino con un planteamiento cósmico”, “me dijo algo sideral”, y así. Cósmicas también porque la Navidad es un acontecimiento trascendental en la historia del hombre y del Cosmos, y porque el Adviento empieza siempre tras la fiesta de Cristo Rey del Universo.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Elementos
Dado que el Portal de Belén está en el origen, en el punto cero-cósmico, tiene bastantes cosas en común con el Big Bang. La primera, como ya he dicho, que coexisten, de manera que el Big Bang aparece como un adorno luminoso que alumbra la escena y guía a los Reyes.
Además, su carácter elemental. Es decir, los elementos del mundo físico. De ahí nacen todos.
Por ejemplo, el fuego. Todo el fuego del mundo, desde la chimenea más sencilla hasta la chispa del cohete Saturno, pasando por la llama de las velas de Adviento, proviene de aquella pequeña hoguera en el Portal. Efectivamente, allí se inventó el fuego. Desde ahí toman su fuego los fuegos de todos los siglos, desde Adán hasta nuestros días. Como un testigo pasado de mano en mano. Incluso el Espíritu Santo, en Pentecostés, se inspiró en aquellas llamas de la hoguera de Belén.
O el aire. Ese aire. Aire seco y caliente junto al fuego. Aire frío, húmedo y vaporoso en boca del buey y la mula, detrás de todo. Aire para respirar y suspirar de gozo. Aire para sufrir y jadear. Aire para arropar y cantar nanas, y decir preciosidades en voz tan baja que sólo el Niño puede escuchar. Desde entonces existe aire en el Universo. Cosa extraña. Al fin y al cabo, los elementos materiales son tan… etéreos, tan en la frontera con la eternidad.
O la tierra. Esa tierra de los caminos, esa tierra en el suelo del Portal. Tierra convertida en piedra de las paredes de la cueva. Tierra devenida en madera de las vigas. Tierra convertida en paja del pesebre. Tierra para sostenerse en pie, tierra para caer. Tierra que alimenta y tierra que ensucia a la vez. Tierra que se convierte en cuerpo. Tierra creada y redimida, al fin y al cabo, que por ofrecer un suelo a su Creador y Salvador, gozará de la resurrección de las tierras.
Y el agua. El agua de las lágrimas del Niño. Agua mineral, agua salada. Agua de la saliva de Cristo. Agua que cura, agua que abre los ojos. Agua, junto con la sangre, en el corazón de Cristo. Agua que limpia, agua que purifica, agua que perdona. El Bautismo late por primera vez en el Portal.
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