viernes, 18 de diciembre de 2009

Cita



Resulta útil observar el cosmos, la naturaleza, los objetos, la mañana de Navidad.
Todos parecen lo mismo que el día anterior, pero no lo son. Han sufrido una especie de transfixión, como traspasados por una onda cósmica que por una milésima de nanosegundo los haya destruido para volver a re-crearlos, poniendo a cada átomo en su lugar preciso. A simple vista no se aprecia.
Pero un ojo experto lo nota.
Se percibe cierto eco, cierta reverberación causada por la entrada de lo Infinito en lo finito, con el consiguiente revoltijo y apelotonamiento de lo finito.
Es la nueva Creación, el espacio y el tiempo doblados de admiración.
Eso pasa también el Domingo de Resurrección, esa mañana cósmica, que decía Ibáñez Langlois. Hasta las piedras parecen intentar recuperarse de tanto teletransporte entre la eternidad y el cosmos. Es como si fueran perfectamente conscientes de que todo es pura nada sostenida a fuerza de puro Amor. Creación, destrucción y creación. La materia volviendo una y otra vez a cada punto exacto del Universo previamente abandonado, hace escasamente una fracción infinitesimal del tiempo de Planck. Y vuelta.
(Un filósofo clarividente de nuestro tiempo lo describe como una explosión-implosión continua del Universo. Y ha acuñado el maravilloso término de “plosión”)
Y esas mañanas se percibe con toda claridad y sencillez el misterio de la Transubstanciación. Si es que el mundo se está continuamente transubstanciando, como en una réplica, como en una imitación de su Dueño. Ahí tenemos el rastro, por ejemplo, en la nube indeterminada, probabilística, de electrones que no se sabe dónde caen, dónde amanecen tras cada recreación. Y es que ellos lo viven en primera fila, en directo, y tardan en recuperarse. Estoy seguro de que, si el Señor dejara de transubstanciar el mundo, las nubes de electrones desaparecerían, los electrones devendrían en pelotitas concretas, y escaso tiempo después (calculo que una trillonésima de trillonésima de nanosegundo) el Universo se pararía, dejaría de respirar y pluf desaparecería en el ambiente ya demasiado frío para siquiera existir.
Solo que el mundo se transubstancia en sí mismo, como a través de una explosión sorda que no dejara edificio en pie, para volver a ponerse –casi- inmediatamente en su sitio. Y el mundo no deja de ser una imagen –pálida, sí- de esa Transubstanciación, que con una energía inimaginable para nosotros, con una energía de órdenes totalmente superiores a la del Big Bang, ocurre en cada Misa.
La materia y el Infinito acudiendo, tranquilamente, con la sencillez de un beso, con la inocencia de una sonrisa, a su cita concreta en el punto matemáticamente más preciso de todo el Cosmos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario