miércoles, 16 de diciembre de 2009

Astronáutica



En realidad, el Universo físico no gravita en torno a un único punto. Porque el Belén, punto cero, también comparte esta condición con todo el misterio de la Vida de Jesús.
Desde la Encarnación hasta la Resurrección, todo es “punto cero”. O sea, que el Universo está plegado en torno a una columna vertebral, no a un punto.
Sí señores, el Universo tiene columna vertebral, o sea, origen y además esqueleto. Y si no, que se lo digan a los astrónomos, que recientemente han descubierto que las galaxias y las estrellas no están diseminadas por ahí, así, llenando todo el espacio al buen tuntún, sino que forman como inmensos “cordones” que se curvan y conectan con otros cordones, conformando un conjunto como de esqueleto. El resto, vacío.
La columna vertebral del Universo, lugar de origen cósmico, sin lo cual no existe el resto. Es también la columna central, y en ella reside el sistema nervioso.
El sistema palpitante del que resultan las ondas electromagnéticas, esos espíritus que interaccionan con el mundo físico.
Aunque, ¿qué es el mundo físico? La oscilación de la pura nada decantada en fuerzas y contactos, sostenida por una mirada.
La mirada atenta de la Providencia.
Ah el Cosmos, el Cosmos. Capaz de tan poco y de tanto a la vez. Capaz del hombre.
Hubo un cosmonauta ruso que dijo algo que se ha hecho bastante conocido. Se trata de Valery Bykovsky. El hombre vino a decir en 1963 que ningún cosmonauta soviético creía en Dios y que ninguno de ellos había visto algo durante sus vuelos espaciales para cambiar su modo de pensar. Eso. A escasos 300 km de la superficie de la Tierra. “Ahí fuera”.
A buen seguro, se retiró a una dacha en la tundra, cortesía del Partido, y se murió allí del asco, tan orgulloso de semejante proeza poética.
En cambio, resulta casi desconocida la siguiente historia. Es ésta una verdadera anécdota cósmica. Una cosmo-historia. Está contada con pelos y señales en el estupendo libro “A man on the moon”, de Andrew Chaikin. Un libro apasionante.
Nuestro protagonista es Buzz Aldrin. El escenario, el módulo lunar Eagle. Es decir, el módulo lunar del Apolo 11. El día, 21 de Julio de 1969. 6 años después del comentario del ruso. 385.000 km más lejos.
Buzz Aldrin, junto a Neil Armstrong, se posan por primera vez en la historia en la superficie lunar. El Eagle, su módulo, es un habitáculo del tamaño de un cuarto de baño. Ambos van de pie. Buzz no es un astronauta al uso. Tiene una tesis doctoral sobre los rendezvous, es decir, sobre los encuentros orbitales entre naves distintas. De hecho, ha sido parte activa en el diseño de dichos encuentros, imprescindibles para poder llegar a la luna y volver.
Bueno, el caso es que alunizan. Antes de hacer nada más, tienen que pasar unas horas dentro del módulo, descansando antes de salir.
Pues bien, lo que casi nadie sabe es que, en ese tiempo, antes de que Neil Armstrong y él pisaran por primera vez el suelo de la Luna, Aldrin hizo algo muy especial.
En el silencio de aquel momento, ante un páramo gris y cósmico, planetario, básico y elemental, galáctico, Buzz extrajo una Forma Consagrada y un pequeño cáliz de plata, donde vertió el Vino de un diminuto frasco. Todo esto se lo había proporcionado un amigo sacerdote.
Leyó un pasaje del Evangelio.
Y sí señor. Lo primero que hizo el hombre al llegar a la Luna no fue salir y pisarla.
Lo primero fue comulgar.

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