lunes, 21 de diciembre de 2009

Hijo del Hombre



Pregúntale a tu Ángel de la Guarda cómo fue la Navidad.
Él estuvo allí. Pregúntaselo.
Mejor, pregúntale cómo Está siendo la Navidad. Pregúntale, por ejemplo, al irte a acostar.
Y puede que, al día siguiente, te levantes boquiabierto.
Porque los hombres siempre nos estamos mirando al ombligo. Tampoco es que seamos muy culpables de ello, porque somos hijos del tiempo. Hijos de nuestro tiempo. Pero no podemos negar que somos, por así decirlo, poco dados a ponernos en el lugar de nuestro vecino. Y menos a ponernos en los pies de nuestro Ángel de la Guarda.
Porque, a ver, conocemos más o menos bien la historia de esa Noche. Conocemos los hechos, los testigos, incluso los efectos físicos, meteorológicos y astronómicos. Incluso los efectos musicales.
Pero ¿alguna vez te has preguntado cómo se vivió esto en el lado de la Eternidad? Sí, sí, al otro lado de la tensa superficie que separa Eternidad y cosmos. Al otro lado de la ventana.
Pues imagínate. En el momento en que aquí, en Belén, Dios entra en el mundo… allí, al otro lado, los ángeles se quedan más asombrados aún.
De pronto, a través de una ventana en Belén que conecta el mundo con el Infinito, entra meteórico un hombrecillo, un niño, y va a parar directo, más rápido que el más rápido de los fulgurantes arcángeles, al centro del mismísimo Dios. El proyectil da en todo el blanco.
Un hombre en medio del Sol.
¿Asombro aquí? Pues imaginaos allá. Los ángeles no se recuperan.
No es que a Dios se le haya metido una mota en el ojo. O una brizna de paja se le haya enredado entre sus cabellos.
Es que acaba de meter al mismísimo hombre en medio de su Corazón.
Para siempre habrá un hombre incrustado en medio de Dios.

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