miércoles, 23 de diciembre de 2020

Excesos


Que el cosmos y la Encarnación comparten algo más que una historia a la vera del camino del hombre, dan fe varios indicios.
Se dice que el universo fue creado por el Verbo, y que por eso tiene la elegante costumbre de ser cortés con el logos del hombre, pariente suyo. Suyo de los dos.
Testimonios afirman que, durante los instantes de estreno de la Visita del Hijo del Hombre, el cosmos no se contuvo y quiso participar enviando una estrella al Portal, amén de hacer acompañamiento ambiental a los coros polifónicos de ángeles, y facilitando la adecuada ambientación meteorológica y termodinámica en esa noche básica. Por cierto, cualquiera que haya observado con cierto interés un cielo nocturno, se da cuenta de que una estrella fugaz suficientemente larga y majestuosa, o un cometa y su estela milenaria, señalan efectivamente una dirección.
Está escrito que, al revés, en los momentos de la despedida del Hijo del Hombre de este mundo, el cosmos reaccionó con un catálogo de sorpresas cuando menos significativo: un eclipse de sol y un terremoto, además de velos rasgados y derramamientos de agua, acompañando a la Sangre, del costado del crucificado.
Y luego está esa extraña similitud, ese recóndito parentesco entre Universo y Cruz, a priori tan ajeno el uno del otro, y que es como si estuviera codificado en un lenguaje especial, antiguo, secreto.
Universo y Cruz.
Ambos parecen responder con decisión, como se levanta un profeta a la voz del Señor, a esa exclamación apenas susurrada:
"Pero si no hacía falta tanto..."

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