Calculo que debió de ser en los días previos a la Navidad de 2007. Sí, diría que sí.
María tiene unos 5 años. No puede tener menos, eso no, no me cuadra.Hace un frío ártico. Ha nevado en los últimos días, y ahora se acumulan en la calle jirones de nieve sucia y dura, mezclada con el barro, como bultos que han acumulado las arrugas de la ciudad, a los lados, mientras las aceras tienen una pátina de hielo tan sugestiva como peligrosa. Y que te deja los pies helados.
Llevo toda la semana procrastinando. Eso, escaqueándome. Postergando.
Es día 21, viernes, creo, las siete de la tarde, y no tengo un triste décimo de lotería. Claro, de pronto me han entrado las ganas de jugar. Como cada año. Por tener una emocioncilla mañana, aunque sea emocioncilla perdedora.
Y el sorteo es mañana. Last chance.
Pero.
Pero estoy atrapado en el trabajo.
Así que llamo. Llamo a la madre. Le cuento, con aire palurdo, la situación. Que si se puede acercar a comprar un décimo. Sí, al estanco de la Avenida de Europa número tal.
Y allá que sale la pobre. No sé dónde ha dejado a Teresa, puede que también vaya con ella, pero como es muy pequeña y no habla, no ha podido dejar rastro en esta historia. Estoy seguro de que le habría encantado hacerlo.
La madre camina, pues, con el carrito de Teresa en una mano, y con María de la otra. Rozan las ocho de la tarde y va deprisa, medio patinando por esa acera traicionera. Ha tenido que acercarse toda la tropa por la gracia del padre.
A la madre se le debe haber caído un leve refunfuño a la resbaladiza acera.
Pero en el pentagrama musical del rainbow world de los 5 años de María algo ha sonado raro. Un tono. Una palabra. Un pajarito con una sola ala. Y lanza la pregunta al océano de la realidad:
-¿Qué pasa, mamá?
El océano madre le contesta algo así:
-Que al gracioso de tu padre se le ha ocurrido en el último momento que hay que comprar un décimo de lotería, y tiene que ser ya, porque cierran esta tienda ahora mismo y mañana ya no se puede comprar porque es el sorteo. Total para qué, si no nos va a tocar.
La respuesta de sus 5 años es en verdad antigua, antiquísima, pero tan inédita como la primera órbita completa del Sputnik.
-No te preocupes, seguro que el aita tiene un plan.
En cuanto la oye, la madre detecta una piedra angular del universo. Sin parar de patinar hacia el estanco, contempla ese zafiro enigmático y recién desprendido del magma del manto universal. Abre una caja en su alma y guarda el zafiro.
Esa noche se lo entrega al padre.
El padre reacciona ante el zafiro con una carcajada espontánea, divertido ante la desproporción de las expectativas. Luego, la risa continúa porque se queda un rato mirando el zafiro por el lado de la desmesurada confianza de la niña. La risa se va aflojando cuando contempla el pedrusco por el otro lado, por el que le corresponde a él, qué coño va a tener un plan, qué tiene él que ofrecer salvo contingencias e intenciones.
Tener un plan.
Cavilo sobre la incoherencia entre esa confianza y la nada. Resulta abrumador. Al fondo, un padre.
Y esa desproporción, por una operación de simetría, se me aparece de pronto como otra anomalía inversa. La nada que somos comparada con el océano inmenso, abisal, de la Misericordia. Al fondo, el Padre.
El Padre tiene un Plan, alcanzo a decirme, como si acabara de descubrir yo solo la vacuna de un coronavirus de 2007.
Ah, cómo me han gustado siempre los planes. Los tiempos y los mapas y las sincronías y tú vas por aquí y entonces yo me escondo por allá y...
Y ese Plan, en estos días de Adviento que ya son las puertas, en estos días de inminencia, en que ya es como irreversible, el Plan está trazado, que es ya imparable, que se pone en marcha en el Portal, en el Portal del Plan, se me antoja muy emocionante. Pero emocionante de verdad, en su modo más básico, un plan a lo Steve McQueen para escapar de los nazis, un plan de los de excursión de verano con las bicis, un plan de ataque a las filas enemigas en pleno combate entre indios y vaqueros en el patio, con ese detalle barroco sobre lo que sucederá y lo que no y esos pormenores arbitrarios y ese gustirrinín de lo clandestino.
Y como de estar robando en secreto, subrepticiamente, su más codiciada sorpresa al futuro en pleno presente sombrío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario