(...)
Llegas de noche. No se ve nada. Intuyes que el paraje es hermoso, pero no insistes. Estás cansado, entras en la pousada, completas los trámites del alojamiento, subes, te acuestas agotado.
A la mañana siguiente, al levantarte y mirar por la ventana, descubres la gran belleza que, invisible, te ha estado arrullando toda la noche. Como un centinela. El mar se despliega bajo el acantilado, la luz dourada se derrocha en la pousada y sus jardines y bosques circundantes. La luz parece hacer crepitar a la gravilla de las plazoletas de las fuentes.
(...)
Pones la radio. Enseguida te quedas sobrecogido, arrebatado por esa canción que suena en ese momento, sin haber siquiera escuchado el principio. Te quedas petrificado. No la conoces, no la habías oido nunca, y te ha dejado arrebatado.
(...)
Llegas medio tarde. Ahí están, tus amigos, en animada charla. Musitas una disculpa. No pasa nada, la charla es apasionada, interesantísima; enseguida te hacen un hueco, un sitio físico, y otro hueco en la conversación.
Has sido invitado.
Has sido acogido.
Y a la vez has sorprendido a la realidad en plena ceremonia íntima. Esas cosas -el mar en el acantilado de la pousada, la hermosa canción que suena en esa radio anónima, esa charla animada de esos amigos- estaban pasando, como un tren, sin que tú tuvieras nada que ver.
Y te has subido.
Te han subido.
Quizá todo esto es un eco que nos recuerda que esas cosas, esos fenómenos, el mundo, YA estaban allí sonando, funcionando, siendo hermosos, incluso antes de que llegáramos. Y nos recuerda que nosotros, nuestra mente, no los ha puesto en marcha, sino que hemos llegado a una función empezada, como invitados tardíos, pero que aquello ya acontecía sin nuestro concurso. Y esa realidad golpea nuestro espíritu y le confiere belleza, don, gratuidad, a ese momento. Porque es eso, en última instancia: un don, un regalo.
Pero hay algo más.
Siempre me ha sorprendido, como una leve paradoja, la "novedad" de la Buena Nueva, la Encarnación. Bueno, vale, está bien que el hombre no supiera nada de su salvación hasta el año cero coma cero, pero de todos modos, ya iba a suceder, estaba planeado, nada más y nada menos que por Dios. Entonces, desde ese punto de vista, nada o poco de qué sorprenderse o celebrar; al fin y al cabo, siempre ha estado todo el pescado vendido.
Alto.
De eso nada.
En ese punto de contacto - punto matemático exacto beso de la Historia con la Eternidad, en esa anomalía sideral, la Historia y el hombre descubrieron a la Salvación, la hermosa realidad sucediendo, en su plena ceremonia íntima.
Y fueron invitados. Acogidos.
Nos hemos subido al tren que viajaba a la velocidad de la luz.
Nos han subido a la luz.
Pero otra cosa más.
Ese gozo. En la luz-chispa contacto de la Historia con la Eternidad nos hemos contagiado. Hemos visto el Gozo de Dios y por eso ahora nuestro gozo es luz incandescente aunque a veces viaje a la velocidad de los trenes de juguete con destino la Noche de Reyes.
Esa luz tiene la misma velocidad que el Gozo de Dios.
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