Reflexiones sobre el limes
El Imperio Romano, hasta su caída, mantuvo una relación problemática con el limes. Como todos los imperios. El limes, el límite, la frontera, es donde empiezan y acaban las cosas.
Lo liminar y el elemento: esa enigmática situación donde se
funda la realidad, ese irreductible punto (¿matemático?) donde la realidad
física marca el límite con la estricta nada. Ahí tú y aquí yo. ¿Y en medio? El
elemento físico. :La frontera del elemento. La frontera de la frontera del
elemento.
Pero no, un momento.
Los bárbaros cruzaban el limes y volvían. Algunos romanos vivían más allá del limes. Había bárbaros que tenían tierras y cargos importantes dentro del Imperio. Había pueblos bárbaros vigilando el limes, contratados por los romanos. Ovidio murió exiliado entre los bárbaros, más allá del limes. Este límite resulta ser una frontera permeable, difusa.
Hace poco escuchaba que un hermano de Séneca, Galión, aparece en los Hechos de los Apóstoles, a propósito de Pablo. Lo recuerdo bien. Es a propósito de un altercado entre los judíos y Pablo. Galión, procónsul, gobernador de Acaya, se niega a involucrarse ante el levantamiento de los judíos y les dice que se arreglen entre ellos.
Séneca acabó muy mal, con una muerte muy romana, y Galión igual.
En la frontera se entra y se sale, se está y luego no se está. El elemento, la partícula minúscula, en la frontera de la realidad física, puede que no tenga más remedio que estar y no estar. De esa manera, lo liminar adquiere una realidad especial, un estatus como de paso franco, de entrada y salida libre, un lugar gradual, una franja, no una línea indistinguible y transparente en el límite, sino algo como un territorio enigmático, una interfaz de estado.
Ayer empezó el Adviento, un Domingo después de Jesucristo, Rey del Universo. El Adviento marca la transición, el limes, la zona fronteriza hacia la Navidad. En las fronteras, uno sobre todo hace una cosa.
Vigilar.
Patrullar.
Esperar.
Velar.
Personalmente, me voy a reir bastante (esto es muy personal
e intransferible), evitando cuantas cenas y galas de empresa y demás sea
posible, cuantas más mejor. A veces hasta hago el recuento con avaricia.
Porque vigilo la frontera.
El estoico Séneca, incluso en el limes de su muerte “por
suprema necesidad”, esa muerte miserable impuesta por Nerón, no llega a
sospechar el valor de ese otro “estoicismo” austero, paciente, recóndito,
legionario,
de un oscuro vigilante de frontera.
En un Adviento perdido en los límites del Imperio, cubierto con una típica mezcla fronteriza de ropaje bárbaro y romano, con una esperanza felina, bajo los pliegues de su pelliza de crines de animal, bajo el gorro barbárico de cabeza de oso, bajo toda esa mezcolanza de coraza, grebas, casco romano y pieles, colmillos y pelambreras de salvaje, bajo esa nieve dura, fría, que cae a estas horas de la tarde noche en el limes extremo de ese Imperio.
Qué alegría indómita.
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