miércoles, 17 de diciembre de 2025

Subita Pace



Vengo de mala gaita.
La vida. Una serie de cosas, murrias, fastidios, todo dentro. Con un constructo lógico inalienable dentro de mí. Tengo razón y punto y me duele.
Primer Domingo de Adviento.
Es inesperado. En la Comunión, una voz de ángel canta el Ave María. Hay snobs (quizá ahítos de bodas -a mí las bodas me encantan, qué quieres que te diga, en ese sentido resulto como los italianos), hay snobs que no soportan el Ave María.
Lleva una melodía que tiene algo de mediodía y también de bien entrada la tarde, algo vespertino y algo también de entre Sábado y Domingo. Es decir, algo de "estar", de "aquí estoy". Es un Ave María que lleva el Ángelus dentro de sí, custodiado como una joya de Ofir.
Es una canción que lleva mucho consuelo cósmico, como acariciando a todas las criaturas.

Súbitamente ya todo da igual.
Ni tienes razón, ni la tenías, ni falta que hace.
Ya todo desmontado. Ya todo en silencio. Silencio de solo estar.
Estás.
Repentinamente te han puesto en tu sitio.
Has vuelto a la frontera mientras cae la gélida nieve allí mismo, en el limes, en algún lugar indeterminado muy al norte.
Te cubres algo mejor con la pelliza de piel de oso, te ajustas tu casco romano.
Ave María.
La nieve de empezar a ser bastante sigue cayendo.
Vigilas.
Patrullas.
Velas.
Ante el bosque incógnito al que temes porque te atrae.
Adviento. 
En el silencio nevado de la frontera.
Ah qué maravilloso consuelo.

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