Este rincón se abre unos breves días, todos los años, en Adviento, con unas reflexiones durante la espera. Cósmicas por aquello de lo desproporcionado, de lo audaz hecho con mimbres de baratillo, con esa connotación peyorativa de “me vino con un planteamiento cósmico”, “me dijo algo sideral”, y así. Cósmicas también porque la Navidad es un acontecimiento trascendental en la historia del hombre y del Cosmos, y porque el Adviento empieza siempre tras la fiesta de Cristo Rey del Universo.
martes, 20 de diciembre de 2011
Encarnación
Tomar carne y redimir al hombre en su totalidad.
Pero ah el mundo cósmico y sus condiciones de contorno, ah el hombre y sus contextos.
Encarnación significaría divinizar la carne del hombre, y algo así como aislarla del sucio, indigno cosmos circundante.
El hombre “en” pero “fuera” del mundo.
La frontera de la redención, antes delante del hombre, ahora tras él.
Pero frontera al fin y al cabo.
Y sin embargo, ahí tenemos una enseñanza colateral de la Eucaristía.
El Señor apura hasta las heces la Encarnación. Prolongación cósmica de la Navidad.
Dios se encarna en Jesucristo, y Jesucristo se encarna en Pan y Vino.
No es una segunda encarnación, sino una consumación hasta el final. Hasta lo que no es hombre.
Hasta el pan, el vino, los hidratos, los átomos,... el cosmos es también encarnado y el hombre ya no esta enemistado con el mundo.
Qué claridad de ideas al encarnar al hombre y por así decirlo, "traspasarlo", atravesarlo hasta el fondo mismo de su física.
La Encarnación es un vendaval que atraviesa como un torbellino de rayos gamma al hombre, hasta más allá del fondo de sí mismo.
Y entonces qué eucarístico, y qué navideño resulta San Francisco de Asís, con su hermano fuego, hermana agua, hermanas plantas.
Qué casualidad que precisamente él fuera el promotor del belén.
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