Este rincón se abre unos breves días, todos los años, en Adviento, con unas reflexiones durante la espera. Cósmicas por aquello de lo desproporcionado, de lo audaz hecho con mimbres de baratillo, con esa connotación peyorativa de “me vino con un planteamiento cósmico”, “me dijo algo sideral”, y así. Cósmicas también porque la Navidad es un acontecimiento trascendental en la historia del hombre y del Cosmos, y porque el Adviento empieza siempre tras la fiesta de Cristo Rey del Universo.
domingo, 23 de diciembre de 2012
Semblanza
6 de Enero (De “Casa de los Santos: Un Santo para cada día del año”, de Carlos Pujol)
Melchor, Gaspar y Baltasar
Un explosivo escritor católico resumió así la historia: tres sabios despistados llenos de buena
voluntad van a adorar al Niño Dios, guiándose por su conocimiento de las estrellas tardan mucho en llegar, piden información a Herodes, provocando la matanza de los Inocentes, en Belén son los últimos y ofrecen a Jesús suntuosos
regalos absolutamente inútiles.
La caricatura es cruel,pero en ella hay que reconocer a los que llaman intelectuales, sabios, magos. También
reyes, porque saber es otra forma de poder, de autoridad. Pero si los grandes de este mundo no están bien vistos por el Cielo, de los sabios el propio Hijo de Dios dice algo terrible: “Yo te alabo, Padre, porque ocultaste estas cosas a los sabios y las revelaste a los ignorantes”.
Sentencia, que está en San Mateo y que es como para renunciar a cualquier orgullo intelectual. La alegoría
no deja lugar a dudas: también ellos tienen derecho a la adoración, porque se llama a todos, pero ésta será a su manera, que es torpe, técnica y catastrófica. En Melchor, Gaspar y Baltasar se retrata muy bien a los hombres que saben.
No merecen el aviso del ángel, como los humildes pastores que están tan cerca del portal, ellos vienen
de muy lejos, guiándose por su ciencia, porque son expertos en estrellas;salvemos la ardiente búsqueda que les caracteriza, el afán de un largo viaje persiguiendo extraños indicios de Dios y la humildad con que doblan la rodilla y adoran al que saben ver, sabios al fin, como la salvación.
Por eso, aunque son los últimos en llegar con las manos repletas de naderías (cada cual da lo que
tiene, y ellos, arquetipos del intelectual, aportan su inquietud, brillantes palabras y humo de ideas), sin dejar de ser magos son también santos nuestros por peregrinar hasta Belén y allí abatir la cabeza ante un Niño.
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