El plan es que todo sea silencioso. Así perdurará más.
Tras las cortinas, se nota el nerviosismo, como el de aquellos niños pequeños que, por la emoción, son capaces de salir en el momento más inoportuno.
Llamadas a la contención, a la tranquilidad, al silencio. La discreción es clave.
Entre bambalinas, algunos están subidos a escaleras, asomando un ojo por la abertura del gran telón. Otros, los más, en la base del telón, asomándose por donde pueden.
En un momento dado, el Padre pide máximo silencio, máxima quietud.
Silencio. Espera.
No se sabe de dónde, ni por qué, puede que por algún empujón desde atrás, puede que por algún lance por ganar la abertura del telón y ver algo más que los demás, el caso es que, en el momento más inoportuno, se produce la avalancha. Un río de gente irrumpe de pronto en el escenario. Las escaleras vuelan por los aires, los que había en ellas aparecen en tierra, patas arriba.
Han sido los pequeñuelos. No tienen remedio. Siempre igual, incapaces de aguantarse en silencio.
El zafarrancho es instantáneo. El efecto total es como el de varios truenos seguidos.
Luego, carcajadas generales y, llevados por el aire de fiesta, se ponen a cantar.
El Padre vuelve:
- ¡Pero qué...! ¿¡No había dicho que...!?
Acaban los himnos y todos regresan a las bambalinas, deprisa.
Y bastantes pastores, allá abajo, aseguran haber visto, al final del Gloria, cerrarse el cielo de la noche como si fuera una gran tela, con sus pliegues ondulantes.
El Padre, tras el telón y mirando a los causantes del desastre, se sonríe.
Todo ha salido bien.
Todo ha salido muy bien. Exactamente según lo planeado.
...
Y benditos por tanto todos esos villancicos cantados por niños o coros de mayores, por muy ensayados que estén.
Todos comparten, sin querer, ese aire granujilla, zascandil, de sorpresas clandestinas.
Son un rompimiento de gloria, una epifanía, la Luz rasgando el firmamento y entrando de lleno en el Cosmos.
Y siempre lo pillan desprevenido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario