La escena es quizá más propia del verano. Más que nada por la temperatura.
Un grupo de amigos, charlando, de noche, en el campo. De cuando en cuando, se hace el silencio. Los amigos miran al cielo, cada vez más sobrecogidos. Es una escena muy natural, el cosmos estrellado imponiendo su presencia al ser humano.
Allá en lo alto, el milagro. Las joyas refulgentes brillando en el negro tafetán del orfebre. Diamantes rutilando en la noche de los tiempos.
Aunque no es el primer escritor al que leo aquello de "parece una gran escombrera", que tiene su punto, por aquello de lo material desperdigado, sin utilidad concreta aparente.
Mundos siderales lejanísimos, fuera de toda escala, impactando directamente, sin obstáculos por el camino, en nuestras retinas.
Infinitas líneas "rectas" -bueno, "a lo geodésico"- conectándonos directamente con cada uno de los mundos.
Entre los amigos, quizá, un asomo de descripción lúdico-práctica: "Mira, la Osa Mayor", "Allí, la Polar, hacia la que apunta el Norte", "Las 3 estrellas del Cinturón de Orión", cosas de esas.
Un rato, así.
Después, alguien hará, casi indefectiblemente, el comentario de "qué pequeños somos en comparación", para pasar a "¿Y para qué servirá tanta belleza inalcanzable?", "¿Y por qué / para qué todo esto?" y luego ya el lógico silencio de preguntas trascendentes sin respuesta simple.
Pero a mí se me ha ocurrido una. Tan gratuita y propiacosechística como puede ser mi manera de jugar al mus, por ejemplo. Y de igual valor.
Pero me gusta.
Todo "eso" bien puede estar ahí porque habrá... "un cielo nuevo y una tierra nueva", es decir, habrá renovación, y me da por pensar que todas esas estrellas, renovadas, serán visitables, y están ya, hoy, ahí, como para que el Niño, llegado el momento, ante nuestro asombro, nos pueda decir:
-¿... Lo véis?
Porque, tras la Encarnación, digamos que esto ha subido de nivel, que hay como una necesidad de dar una buena salida a lo material. Y la Eternidad bien puede requerir unos inmensos, infinitos, inmensurables campos donde poder jugar.
Este rincón se abre unos breves días, todos los años, en Adviento, con unas reflexiones durante la espera. Cósmicas por aquello de lo desproporcionado, de lo audaz hecho con mimbres de baratillo, con esa connotación peyorativa de “me vino con un planteamiento cósmico”, “me dijo algo sideral”, y así. Cósmicas también porque la Navidad es un acontecimiento trascendental en la historia del hombre y del Cosmos, y porque el Adviento empieza siempre tras la fiesta de Cristo Rey del Universo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario