Este rincón se abre unos breves días, todos los años, en Adviento, con unas reflexiones durante la espera. Cósmicas por aquello de lo desproporcionado, de lo audaz hecho con mimbres de baratillo, con esa connotación peyorativa de “me vino con un planteamiento cósmico”, “me dijo algo sideral”, y así. Cósmicas también porque la Navidad es un acontecimiento trascendental en la historia del hombre y del Cosmos, y porque el Adviento empieza siempre tras la fiesta de Cristo Rey del Universo.
viernes, 17 de diciembre de 2010
La radiación de fondo
La radiación del fondo cósmico es una radiación electromagnética que se da
en todo el Universo, con una frecuencia en el rango de microondas: 160,2 Ghz
y una temperatura de 2,7 Kelvin.
La radiación de fondo es el ruido que hace el Universo.
Es el llamado “eco” de la explosión primera del instante cero de la
Creación.
Es la vibración del Cosmos, que está temblando como tiembla la superficie de
un globo repentinamente hinchado.
La súbita acumulación de Eternidad en el Portal de Belén, en el momento del
Nacimiento, provoca una onda de choque en la hiperesfera espacio-tiempo
circundante. Ésta, por un momento infinitesimal, se relaja y se comprime
acumulando una energía equivalente a un horizonte repleto de ángeles
cabalgando.
Y entonces, se relaja finalmente, soltando toda esa vibración al Cosmos
estrellado, que desde entonces queda inundado de esa hermosa ola, vibrando
en el seno de su infinito vaivén.
La sinfonía universal de Platón. El tiritar de la materia, la oscilación del
espacio mismo.
Aun en los bosques repletos de llagas, en los mares inundados de angustias,
en los pozos de oscuridades frías, reverbera el espacio-tiempo, con un
fulgor de esperanza que nos trae, intacto, el mensaje del momento más feliz
del tiempo, y nos susurra con tensión contenida que ánimo, que apenas puede
contener ya los límites de la eternidad, que viene de Belén para decirnos
que “tres días y… resurrección”.
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