jueves, 16 de diciembre de 2010

Lecturas de Adviento



Lucas 3, 1-2
“En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.”

Cuando todos los personajes del momento más decisivo de la historia están ya en su lugar.
Cuando ya se ha dado la alineación completa del equipo titular de la historia.
No me digáis que no suena un poco a “En la portería, Tiberio. Poncio Pilato en el centro de la defensa; Herodes, lateral izquierdo…”
Todas las fichas sobre el tapete.
Y entonces, la Palabra de Dios vino sobre Juan. En el desierto.
En Arizona.
A Juan.
Arizónico Juan.
Seguido de arizónicos discípulos.
Como pista de aterrizaje de la Palabra de Dios, el hábitat arizónico parece no tener rival.
No era tan mal lugar, Arizona, después de todo.
Arizónico Juan que sales a más de una cosmovisita diaria, entre tanto desierto, fariseo, prostituta y publicano.
Arizónico y bendito Juan Santo de todos los desiertos cósmicos, luchador hasta quedar desierto de tu propia cabeza. Por una jugarreta del lateral izquierdo Herodes en el minuto cuarenta y tantos. Cuando todo se empezaba a poner emocionante.
Qué raza, qué casta, qué gracia.
En Arizona siempre estará Juan. El hombre más feliz del mundo.

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